Permítanme hacerlos arrechar

protestas
Protestas en Caracas. Foto de mi pana Cristian Hernández para Europapress. Síganlo en Twitter e Instagram como @FortuneCris.

Hoy estuve en la marcha. No llegué a estar entre la represión, gracias a Dios, aunque a veces siento algo parecido a “remordimiento de sobreviviente”. Sí, tomé fotos. No, no las quiero compartir. No sufrí daño alguno como gente muy cercana a mí, incluyendo a mi hermano. (Está bien, a Dios gracias.) No tragué gases. No recibí metrazos. Mañana hablaré con mi familia, a diferencia de Juan Pablo. A diferencia de otros 27 venezolanos más que han muerto desde que empezó este nuevo ciclo de protestas. La última vez fueron 43. ¿Habrá un resultado distinto?

Ya vamos pa’llá.

Primero, un recuento, para los que llegan de afuera. El pasado 29 de marzo, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia publica dos sentencias, la 155 y la 156, en donde básicamente asumen las funciones legislativas de la Asamblea Nacional “mientras se mantenga en desacato”. En pocas palabras, siete tipos, uno de los cuales tiene una dudosa reputación (y estoy siendo terriblemente sarcástico) y que fueron colocados a dedo por la Asamblea anterior al filo de la medianoche, decidieron cargarse las voluntades de los cinco millones que eligieron a los actuales diputados. Todo el mundo puso el grito en el cielo –incluso la hasta ahora rubia más odiada de Venezuela.

Tratando de enmendar el capó, el Gobierno lo que hizo fue –y me disculpan la palabra– cagarla más. El presidente Maduro decidió instalar el Consejo de Defensa de la Nación para resolver el –sí, en serio– “impasse” entre el TSJ y la Fiscalía. A raíz de eso, el TSJ decidió suprimir las sentencias 155 y 156. Y ya, todos tranquilos, ¿verdad?

La oposición no se la cala.

La Asamblea Nacional decidió emprender el proceso para destituir a los magistrados del TSJ. Para ello, se debe convocar al Consejo Moral, integrado por la Fiscal General, el Contralor y el Defensor del Pueblo, para que inicie ese proceso. Por supuesto que el Defensor, Tarek William Saab, quien preside el Consejo,  ha sido integrante del Partido Socialista Unido de Venezuela hace años. Bajo ellos fungió como gobernador del estado Anzoátegui, donde lo más memorable que hizo en mi opinión fue la plaza dedicada a Bob Dylan. Y bueno, jamás va a olvidar –y ni de vaina va a dejar que tú lo hagas– cómo lo trataron en 2002, cuando era diputado.

Y así empezó el ciclo de marchas.

La primera fue el 4 de abril, para llegar a la sede de la Asamblea Nacional; no pasó de Bello Monte. La segunda fue el 5 de abril, para llegar a la Defensoría; no pasó de Bello Monte. Igualmente el 8 de abril. Y el 19. Y el 20. El 21 se logró llegar a la Conferencia Episopal Venezolana en una Marcha del Silencio por los caídos en las protestas (hasta ese momento 23), marchando sólo desde el oeste. El 24 se logró un llamado Plantón Nacional, donde se sentó durante ocho horas para presonar al Gobierno. Y hoy 26… se trató de llegar otra vez a la Defensoría. La represión fue aún más brutal que otros días. Más heridos. Y un muerto en Caracas. Y un muerto en Valencia.

Ya basta.

No sólo ya basta de muertos y heridos. Ya basta, punto. Esta receta: indignación / marcha / protesta / represión / enjuague y repita, a veces aderezada con sangre, ya está vencida. Yo, como el eterno optimista que soy, deja abierta una posibilidad que mañana, gracias a su hijo, el Defensor decida hacer lo correcto, aunque es más probable que, fiel a su costumbre, lo bloquee, como hace con tantos en Twitter. Dejo abierta la posibilidad que en efecto el año 2017 cierre con elecciones con mucha confianza porque el TSJ es otro y quizá, QUIZÁ, el Consejo Nacional Electoral es otro.

Pero no me caigo a cobas.

Eso sí, jamás aceptaré una salida que no sea electoral. No estoy dispuesto a ver más venezolanos morir, no importa cuánto desprecio tenga tanto por quienes han despilfarrado todas las riquezas de mi país sólo para beneficio propio, ni por los que insisten en que la única solución sea sangre. No veré a mi país convertirse en Siria, donde las protestas se convirtieron en una guerra civil que ya lleva cinco años, entre 200.000 y 370.000 muertos y casi 13 millones desplazados.

Tampoco, ya que tocamos el tema de los desplazados, considero que tienen razón los que dicen que “la única salida es Maiquetía”. Respeto profundamente al que toma la decisión de irse, como al que decide quedarse y tratar de llevar una vida normal (también una forma de resistencia). Cada quien  busca solucionar su situación personal de la manera que cree conveniente y está en posibilidades de hacerlo. Despreciar al que decide quedarse o al que decide irse me parece una muestra de pequeñez; dársela de héroe porque se fue o porque se queda es otra.

No, la solución tiene que ser otra. Y aquí, finalmente, llegamos al punto donde realmente los haré arrechar. Breve lección de historia primero.

Idi Amin Dada fue el dictador de Uganda entre 1971 y 1979. Terminó sus días exilado en Arabia Saudita (un aliado de Estados Unidos, gracias). Nunca se lamentó de sus excesos y en una entrevista con la BBC en 1980 hasta dijo que “si la gente de Uganda me quiere regresaré”. Intentó hacerlo en 1989, pero el entonces presidente de Zaire lo obligó a regresar a Arabia Saudita, donde murió de una insuficiencia renal en 2003. Se estima que su régimen dejó entre 100.000 y 500.000 personas muertas.

Augusto Pinochet fue dictador de Chile entre 1973 y 1990 (y salió por la buena). Estuvo ocho años como comandante general del ejército luego que terminó su mandato. Fue designado senador vitalicio. Aunque enfrentó numerosos cargos por violación de derechos humanos –se estima que dejó más de tres mil muertos y 40.000 desaparecidos– muchas de las causas fueron sobreseídas por su estado de salud o por tantas otras cosas. Murió en su casa en Chile en 2006. Más insólito aún: hubo gente que llamó a la entonces (y actual) presidenta de Chile, Michelle Bachelet, “una ingrata” por no hacerle un funeral de estado. Qué importa que Pinochet mandó a matar a su papá.

Marcos Pérez Jiménez fue el último dictador oficial de venezuela, gobernando entre 1953 y 1958. A pesar de su abierta persecución a opositores, que incluyó un campo de conentración en la isla de Guasina en el Delta del Orinoco y miles de asesinatos atribuidos a su temible Seguridad Nacional, no fue sino en 1963, luego de huir hacia República Dominicana aquel 23 de enero para gozar de la protección de Rafael Leónidas “Chapita” Trujillo (donde vivió hasta el asesinato de éste en 1961), que logró ser extraditado a Venezuela por Estados Unidos –y sólo cumplió cuatro años de cárcel. En 1963 viaja a Madrid, bajo la protección de otra joya más, el generalísimo Francisco Franco, y murió en 2001 tras un ataque al corazón. En 1999 un tribunal anuló la medida de prohibición de entrar al país, y en 2010 cierto personaje dijo: “Yo creo que el general Pérez Jiménez fue el mejor presidente que tuvo Venezuela en mucho tiempo. (…) Fue mejor que Rómulo Betancourt, fue mejor que toditos ellos. No los voy a nombrar. (…) Lo odiaban porque era militar”. Hoy en día aún me consigo un taxista o alguien así que extraña a “mi general Pérez Jiménez”. (Por cierto: la página de Wikipedia de Pérez Jiménez da asco.)

Lo que quiero decir es que no todos los gobiernos represivos pagan en vida los crímenes que hicieron. No siempre hay juicios de Núremberg, ni juicio a las Juntas. Así, hay que no sólo olvidarse que el chavismo va a desaparecer, eso es de cajón, sino que hay que aceptar la posibilidad que no veremos a muchos de los responsables por la represión y corrupción de los últimos 18 años tras las rejas. (Aunque yo ligaré por ver al menos a tres de ellos. Por favor Diosito.) Así que se debe llegar a un acuerdo. No un diálogo, creo que ya es obvio que el tiempo de diálogo pasó. No, un acuerdo.

Hay demasiados comprometidos en el Gobierno. Tienen expedientes abiertos en Interpol incluso. Otros aún no, pero están cerca, sin duda. Estos personajes, si dejan el poder, sin duda están expuestos a ser procesados en el exterior, lo que explicaría parte de la saña con la que se aferran al poder. Entonces hay que quitarles ese miedo.

El Gobierno ahora perdería una elección de calle. La popularidad de Maduro está entre 17 y 20%, según Datanálisis. Si las elecciones para gobernadores se hubieran hecho en  marzo, otra encuestadora, Meganálisis, asegura que la oposición sacaría 16 gobernaciones y el Gobierno siete. (Pienso en cómo se debió insistir en hacer estas en vez del referéndum revocatorio y me hierve la sangre.) Y bueno, ahí están los resultados de las elecciones parlamentarias.

El Gobierno no sostendrá elecciones que sabe que va a perder. Las consecuencias para los que están más sucios son demasiado grandes para ellos. De modo que la única solución pacífica es quizá la más difícil. Llegar a un acuerdo que no serán procesados. Que no se buscarán acuerdos de extradición a Estados Unidos o Europa. Simplemente dejen de obstaculizar la voluntad de la gente. Dejen renovar al TSJ, al CNE. Dejen que finalmente las elecciones sean totalmente transparentes, a diferencia de ahora.

¿Se podrá?

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4 comentarios en “Permítanme hacerlos arrechar

  1. Ismael Pérez Vigil

    Hola Juan Carlo, me gusto mucho tu artículo, lo comparto ampliamente… solo “heche de menos” que no mecionaras a los tres dictadores más emblemáticos del siglo 20: José Stalin, Francisco Franco y Fidel Castro… los tres murieron en su cama… y eso no es lo que yo quiero que nos pase con nuestro dictador de turno, como ya nos paso con Chávez…por eso si hay que manifestar, manifestamos; si hay que votar, votamos; y si hay que sentarse a negociar, pues negociamos (con el perdon de la palabra), así de simple… habra que hacer lo que sea para salir de este oprobioso regimen… un abrazo
    Ismael Pérez Vigil

    1. Muy honrado quw te haya gustado, tío! Y sí, los había olvidado a ellos… que quizá hasta peores que fueron que los que nombré. Pero quizá sirven para ilustrar mi punto, y me robo las palabras que me dijo esta mañana de tu hijo, de hecho: hay que tratar de buscar un balance entre la justicia y la reconciliación. Un abrazo de vuelta.

  2. Pingback: De números y la Odisea venezolana – Mi mente en letras 2.0

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