No necesitamos pedir permiso para la cordura. Mucho menos para la felicidad

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Una de mis mejores amigas se casa. No vive en el país, parte de la diáspora (ya cuando hablamos de dos millones en los últimos 17 años, ¿cómo más la llamamos?) que se cansó de buscar una mejor vida aquí, y la encontró afuera, incluyendo el verdadero amor. Hace más o menos una semana me pasó fotos de su compromiso. Saben, esas que se toman antes del feliz acontecimiento payaseando por la ciudad. Hermosas, posadas pero en realidad no. Se ve feliz. Inmensa y auténticamente feliz. Y yo estoy contagiado por mi amor por ella. No le pude responder al momento por el trabajo, pero hago una nota mental de responderle al primer minuto libre que tenga.

Ella se me adelanta esa tarde, pero no de la manera que esperaba. Me escribe pidiéndome disculpas. No quiso parecer insensible, me dice. Yo lo leo de nuevo, inseguro –o incrédulo– que de verdad estoy leyendo semejantes palabras. Pero al final la entiendo. No sé si alguien le reclamó o si ella sola llegó a la conclusión que estaba siendo insensible. Pero así está la situación.

En paralelo, otra amiga escribe un escueto estado en Facebook. Para el largo y contenido de sus estados, este define “escueto”. Son sólo cinco líneas, pero lo dice todo. “Harta de que me acusen de insensible por querer evitar la locura”, es la principal línea. Imagino que quien sea que se lo haya dicho nunca se ha molestado en leerla. Mucho menos la conoce o sabe por qué ha pasado.

Venezuela y su sociedad: rompemos récord en complejidad. Somos la más pasional en cuanto a colectividad se refiere (y sí, uso esa palabra con cuidado). En un momento podemos ser la mata de la solidaridad y por el otro “Todo el mundo vela por sí mismo” bien pudiera ser el slogan de una campaña turística. Cuando consideras que estamos a doce días de tres meses de protestas en contra de un gobierno que se niega a soltar el poder mientras hace maromas por negar su carácter dictatorial, protestas que le han costado a casi 3.000 personas su libertad, a más de 13.000 personas su integridad física y, dependiendo a quién le pregunten, a 73 ó 90 personas su vida (que hoy aumentó a 74) –y el promedio de edad de esos muertos es de 20 años… uno puede entender que los sentimientos estén a flor de piel, y tratar de mantener una cabeza fría puede ser un deporte peligrosísimo.

Como periodista, estoy expuesto de manera casi constante a lo peor de estos días. Por mi trabajo tengo que estar casi constantemente con Twitter abierto, de modo que me entero de cada muerte prácticamente al instante que ocurre. Juan Pernalete, Neomar Lander; Paúl Moreno, Jairo Ortiz… Cross… todos nombres que desfilan por mi mente. También están muchos de los grupos de WhatsApp en los que estoy, algunos por necesidad, otros por familia, otros por… razones que desconozco. En medio de los miles de audios con NOTICIAS QUE DEBEN DAR LA VUELTA AL MUNDO, cuando se confirma una noticia de esta manera estalla el dolor. Y eso muchas veces se traduce en odio. Odio descarnado. de desear muerte y demás.

Esto obviamente no sólo es en redes. En la calle es imposible respirar ambiente de cordura, así camines hacia la esquina, o visites un familiar. Lo que hay es distintos grados. Es tal que tres grupos de psicólogos venezolanos emitieron un comunicado que le pide a la población, para decirlo en el más perfecto criollo, le baje dos, empezando por el Gobierno (sabemos cuánto caso harán). Me hace recordar un artículo (que ahora no consigo) donde un psicólogo narraba las historias de pacientes que llegaban con severos cuadros de estrés con las protestas de 2014, ante las noticias constantes, la cantidad de heridos, la intransigencia del Gobierno (demostrando que nada ha cambiado, en realidad). Ante la recomendación de apagar el televisor y las redes un rato, las respuestas eran las mismas: “Es un irrespeto hacia los muertos”. “Venezuela me necesita”. “Si los chamos aguantan, cómo no voy a aguantar yo”.

Eso es parte de vivir en un mundo hiperconectado, donde la información no sólo llega al instante, sino que realmente nunca deja de llegar. Todos estamos conectados en promedio ocho horas a nuestros teléfonos, tabletas o computadoras. Y ahí está Facebook, ahí está Twitter, ahí está Instagram. Nos negamos a apagar esa ventana al mundo. Ni siquiera por un instante. No entendemos que el cerebro no es como el Universo, con espacio infinito; es como una gigantesca tetera que también necesita un huequito para soltar el exceso de vapor, so pena de explotar.

Estos procesos no son carreras de cien metros. Son maratones. Largos, agobiantes y exigentes. Rallys, casi. Con la diferencia que no estás en un vehículo y nadie sabe dónde está, ni cómo será, el final. Nadie puede seguir para siempre en solo estado de agitación, de estrés, de conflicto. Es necesario abrir una válvula. Y una de esas válvulas, es tratar de vivir tu vida “normal”, tu día a día, mientras esta anormalidad permita. Esa es una forma de rebeldía.

“¡¿Pero qué coño de normalidad hablas tú?!”, me espetó una vez alguien. “¡¿Qué normalidad ves en esta vaina?! ¿Las colas de seis horas en los automercados? ¿La escasez de comida? ¿De papel toilet? ¿De jabón? ¿Las familias comiendo en la basura? ¿Los niños muriendo porque no consiguen medicinas? ¿O los malandros, algunos con uniforme, matando carajitos de veinte años para robarlos, o porque ‘están siguiendo órdenes’, o porque son una cuerda de malparidos hijos e puta con uniforme? ¡¿Esa es tu normalidad del coño?!”

Eso es lo menos normal que existe. Y es la dura, dura realidad. Podría decirle que no necesitaba que me lo dijera, pues es algo que veo, en vivo o en diferido, todos los días. Pero siempre lo necesito. No para sacarme de la indiferencia de la que me acusaba antes de seguir su camino. Sino para recordarme por qué él necesitaba decirlo y yo escucharlo. Él quizá necesitaba el desahogo, que alguien lo escuchara, yo necesitaba un sacudón. Y era uno de esos casos que ambos tenemos razón.

Toni Morrison, Premio Nóbel de Literatura 1993, escribió en un ensayo de 2015 una frase que he tenido muy presente todo este año y el pasado, en medio de tumultuosos momentos personales y la evidente locura mundial (negritas mías): “Sé que el mundo está golpeado y sangrando, y aunque es importante no ignorar su dolor, es también crítico rehusarse a sucumbir a su malevolencia“. Claro, ella se refería al papel del artista en momentos rudos de la humanidad, donde ellos escriben, pintan, componen, actúan, dirigen, editan, esculpen, cantan o piensan; lo que no hacen es quedarse callados. ¿Cómo podemos traducir eso a los que no son artistas? ¿Al que no le interesa el arte? ¿Al que no tiene tiempo o no ha hallado un espacio para disfrutarlo?

Tiene hijos. Amigos. Esposo. Novio. Esposa. Novia. Padre, madre. Su trabajo. Algo. Ese es su escape. Alguien que conozco que está entre los que perdió un ser querido en 2014 sigue con su trabajo, con sus hijos, y hasta se da espacio para sonreír, para decir un chiste, mientras sigue con su dolor. Porque la vida sigue. La vida DEBE seguir, mientras haya vida. Porque nadie puede luchar estando muerto. Y los que luchan no sólo deben reponer energías, sino que necesitan saberse apoyados. Hay mil maneras de activarse y colaborar para cambiar esta situación. No tienes que proclamarlo a los cuatro vientos, pero creo que también hay que recordar lo que dijo el arzobispo sudafricano Desmond Tutu: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.

Es cierto: da rabia ver gente que aún mientras hay protestas, muertos, saqueos y demás, sólo escogen ir a la playa, nunca comentan de política porque “ay pa’ qué” y juran que esto es “the new normal”. Esa gente sí es parte el problema de Venezuela, que nunca participan en un debate, no contribuyen a informar mejor a la gente y juran que nunca les tocará pasar trabajo. Y peor aún, nunca deja de subir esas aventuras a sus redes, para que todo el mundo las vea. Y no entiende por qué le reclaman, de tan fuerte que es su burbuja.

Pero mis amigas no caen en esta categoría.

Mi amiga la “indiferente” escribe, fotografía, reflexiona, toma cursos, se educa y comparte toda cultura que le llega en su camino. Al mismo tiempo, tiene el dudoso honor de tener un asiento de primera ante la locura que vivimos, pues las más fuertes protestas ocurren a pocos pasos de su casa. No lo uso como eufemismo: a literales pocos pasos de su casa ha escuchado disparos, visto heridos y Dios, cuánto gas lacrimógeno ha tragado, tanto estando en protestas como sin estar en ellas. De hecho, mientras escribo esto, veo que hay otro enfrentamiento entre Y ha escrito sobre lo que ve, y ha denunciado lo que escucha. Y sus libros, fotos y películas son su escudo para contener la locura que la rodea. “Indiferencia” es la última palabra que usaría para describirla.

Mi amiga la comprometida es como esa caricatura de Meollo Crillo. Cada vez que hablamos la primera pregunta es cómo están allá. Que si no nos ha pasado nada. Que no paro de ver las noticias. Yo hago el esfuerzo por ser un oasis de calma, al mismo tiempo indicándole qué páginas son realmente confiables en información (cero Maduradas, Noticias Venezuela y afines). Porque también es importante no ignorar la necesidad de informarse, de saber que no se han quemado puentes con tu país, con el que te vio nacer. Menos si aún tienes gente que te importa aquí. Incluyendo uno que es periodista. Yo leí a uno que escribió una vez a los que emigraron que dejen el despecho por Venezuela, que se olviden de este país de una vez. Quiero verlo el día que finalmente lo logre, pues sé que cuando me toque a mí no lo haré, en especial porque no quiero. Igual la gente que cree que los que se fueron no tienen derecho a opinar. Una cosa son los que bastante se aprovecharon de la situación aquí y ahora viven vida de lujo afuera (sí, estoy de acuerdo con el escrache, mientras no comprometa a nadie físicamente y siga siendo protesta PACÍFICA; no, no estoy de acuerdo con dejar sus direcciones públicamente arriesgándonos a que alguien tome la justicia en sus propias manos, y bastante claro que fui y bastante que me calé por decirlo).

Mis amigas tienen sus pequeños momentos de felicidad a diario. Una con cada libro o artículo de interés que lee. Otra con cada momento que comparte con su familia o el hombre que ama. No ignoran la realidad que las rodea, bien sea muy de lejos o demasiado de cerca. ¿Por qué han de pedir permiso para esos momentos de tranquilidad o de felicidad? ¿Por qué si saben quiénes la leen, si saben quiénes las conocen, no pueden tratar de buscar y hasta compartir un momento de paz en medio de tanto desastre?

Uno de los mayores logros de este gobierno –y me refiero tanto a los catorce años de Chávez como a los cuatro de Maduro– fue acentuar las divisiones entre los venezolanos que ya existían. Exacerbó los odios y resentimientos de los que sintieron que habían sido ignorados por gobiernos anteriores y los usó para llegar al poder. Todo lo contrario de lo que debió hacer. Y eso se extendió a todos lados. Hay divisiones entre familias, amigos, compañeros de trabajo. Negar eso sería la mayor ingenuidad. Pero además empezó a colar entre gente que igual se opone al chavismo. Hay quienes creen que pasar un día sin lanzar piedras o protestar o trancar una calle es dejar al Gobierno seguir en pie. Que no estar en permanente estado de arrechera es inaceptable. Claro, Mr. Nancy tiene razón: la arrechera hace que se hagan las vainas. Pero vivir así no es vida. Sí, aún en un país donde más se sobrevive que vivir. Que la única forma de tener algo parecido a lo que el mundo civilizado consideraría “normal” es cambiando de gobierno, y es algo que no me cansaré de decir.

Pero no acusen de indiferente o de insensible al que trata de tener unos momentos de oasis, de recarga, de desconexión. ¿No crees que los merece? ¿No crees que TODOS los merecemos? Sí puedo ratificarte el título de esto: nadie necesita tu permiso para buscar momentos de felicidad, mínimo de tranquilidad. Deja de creer que tienes ese poder.

 

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