Los Tres Momentos (y uno de ñapa)

Por diversas circunstancias, hoy recordé una conversación que tuve con un taxista camino a un rumbo que no quiero acordarme.

Era un chamo de 37 años (sí, a esa edad uno aún es chamo, y a los 40 también), y era por estas fechas, porque recuerdo que empezamos a hablar de hijos y paternidad. Empezamos riéndonos porque su hija le había regalado una cartera semanas antes, y el pobre iluso pensó que le iba a salir doble regalo. Cuando la niña –“una tarajalla de diez años, tan alta como yo, salió a mi esposa, que también es una caballota”—no le entrega nada el propio Día del Padre, ella se defiende diciendo que “mamá no me dio plata”.

Al saber que tiene diez años, le confieso que yo a la vez quisiera tener una hija –UNA—y a la vez hay pocas cosas que me aterren tanto. Yo siempre me he caracterizado por ser muy protector: de mis amigas, de mis novias, de mi esposa, carajo, hasta de extrañas en la calle cuando algún animal le dice algo al pasarle al lado. Entonces tener una hija implica un nivel más alto de protección, porque mientras que con amigas uno lo hace por caballerosidad, con las novias por caballerosidad y la esperanza de sexo por agradecimiento, y con las esposas por caballerosidad, sexo por agradecimiento, deber y bueno, porque no nos queda otra, con una hija es deber y amor puro y sencillo. Le comento a mi taxista que por eso temo la llegada de Los Tres Momentos, esos instantes de la vida del padre de una hembra que te das cuenta que tu linda bebita, que hace nada usaba colitas a los lados de la cabecita y usaba faldita está por convertirse en mujer. Saben cuáles son, si son de esos padres; vienen acompañados de estas tres frases:

  • “¿Papi, cómo me queda esta falda/traje baño?” (Seguido por una pose en una prenda que (en el caso A) deja algo a la imaginación, pero no mucho, y (en el caso B) tiene menos algodón que una botella de aspirina.)
  • “Papi, ya vengo, que voy a salir un rato”. (Usando la anteriormente mencionada prenda A.)
  • “Papi, te presento a mi novio”. (Que probablemente conoció usando la prenda B.)

El chofer se ríe, pero esa risa que uno sabe que cualquiera de esos momentos puede llegar en los próximos cinco años –quizá menos. “Al ser tan alta”, me cuenta, “se la pasa con las amigas de sus primas mayores, las que tienen quince años o más. Entonces me preocupa que me la vayan a sonsacar. Sus compañeros ya me dicen suegro, a veces. Ella llega y se mete con ellos, y me dice, ‘mira papá, este te está diciendo suegro’, y yo me meto con ellos. Pero igual…”

Su tono cambió ligeramente mientras me echa el siguiente cuento. “Píllate esto: el otro día ando echándome una partida de dominó por allá en [nombre de pueblo en Miranda que no recuerdo] con los panas. Dos de la mañana. Y de repente alguien me abraza por detrás y me dice ‘¡Tiiiiioooo!’ Volteo, y es la sobrina mía, con unos amigos. Yo me le quedo mirando, veo el reloj, y le digo, ‘Muchacha, ‘¿y qué haces tú, con 17 años, por ahí a las dos de la mañana?’ Se molestó, y al día siguiente se lo cuenta a la mamá, mi hermana. No te pierdas esta vaina: al día siguiente la mamá me llama y me dice: ‘Mira, ¿qué haces tú rayando a mi hija por ahí? Yo le di permiso que saliera, tú no eres su papá para que le estés preguntando que qué hace ella afuera a esta hora”.

Tomó aliento, y siguió contando. Yo a la vez no podía creer lo que escuchaba ni tampoco me extrañaba; me acordé mucho de esta caricatura. “Ahí le monté la cruz. Le dije, ‘mira, si esa carajita sale preñá, o muerta, o anda de puta tirando por ahí, y encima la dejas, ese no es peo mío. Yo lo que hice fue preguntarle que qué hacía por ahí a esa hora, más nada. Lo único que te voy a agradecer es que no se acerque a mi hija’. Y más nunca, ya ni va a las reuniones, ‘porque lo único que hacen es criticar a mi hija’. La carajita tiene su cuerpecito y tal, pero ya anda con un novio ahí medio malandrito. Hasta amenazó al papá, un día que le reclamó que anduviera con semejante malandro; le dijo ‘oye papá, pero cómo se te ocurre, ¿qué haces si se entera que le estás diciendo así, y viene a reclamarte?’ Mira, hermano, esa es la raya de la familia, en serio”.

El resto del camino anduvimos en silencio, yo con una mezcla de orgullo y pena que el hombre se haya expresado tan abiertamente con un taxista –otro momento en que me di cuenta que no erré mi vocación—, él sin duda preocupado porque su hija terminara así. En un país donde tener 17 años en ciertas zonas del país es ya acercarte al final de tu vida, justo cuando empieza, y donde las mujeres se activan sexualmente cada vez más temprano (¿quién le decía a ese pobre hombre que su hija no había empezado ya? Ciertamente yo no), era imposible para él no preocuparse. Antes de dejarme en mi destino, compartió su perla de sabiduría paternal: “Yo le digo, ‘dedícate a tus estudios y a ser buena persona. El novio vendrá cuando tengas tiempo para buscar novio y tengas la conciencia de lo que es un novio’. Y bueno, espero que me salga buena, pues”.

Lo que hizo acordarme de esa conversa –de hecho me impresiona que la haya recordado tan bien—fue algo totalmente distinto. Estaba sentado en un café, cuando empiezo a escuchar la pareja detrás de mí en acalorada discusión. Yo me esforzaba por poder estar con Stephen King y mi café, pero era tan airada la diatriba que aún los consejos de escritura del maestro de lo macabro se quedaban cortos. Esa discusión la recuerdo menos que la de mi amigo el taxista, pero sí recuerdo las frases “Bueno, tú me tienes arrechera por lo que pasó, pues yo te tengo más arrechera a ti por lo que hiciste”, o “¿Ah entonces me estás diciendo que no tenemos vuelta atrás, Pía? ¿Es eso lo que me dices? ¿Que ya la cagamos?”, además de las palabras “abogado”, “separación” y “ajuste de cuentas”. Y esta no era una pareja de noviecitos; eran personas en sus cuarenta largos, quizá hasta cincuenta, en el caso de él. Luego de varios minutos sólo escuché la silla de él moverse y él mismo irse furioso, lo que me dio cierto nivel de alivio pues estaba casi seguro que iban a llegar a las manos.

Vi en ese momento un matrimonio derrumbarse de manera muy pública, a la vez que recordaba un hombre tratando de asegurar al producto de otro que parecía haber prosperado. Los dos eventos me hicieron darme cuenta, una vez más, de lo frágiles que son las relaciones humanas, del gran amor que pueden tenerse en un momento que puede derrumbarse años, meses o hasta días después (en ese caso, nunca fue amor). Y así añadí otro Momento a los tres originales, uno que sí  espero nunca llegue a escuchar:

“Papi, ¿mamá y tú se van a separar?”

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#Juansecasa

Qué cliché suena eso: “el primer día del resto de mi vida”. Debe haber otra manera de describir que estás en el día más importante de tu existencia. Quizá “el día que descubrí la Fuerza”. “Conquistando la Matrix”. “Iniciando las doce labores”…

No, pensándolo bien, sí, es mejor “el primer día del resto de mi vida”.

Porque, digo, ¿cómo más puedes describir el día en que empiezas a compartirla con otra persona?

Sip, hoy mi amada novia y yo llevamos nuestra relación a un nivel más. Es nuestro matrimonio civil, cortesía de una emisora de radio que nos regaló una boda civil colectiva. lo divertido es que ella envió no menos de 75 mensajes de texto para tratar de ganar, mientras que yo envié cuatro… y fue mi número el que salió en el sorteo de diez. ¡A eso llamo yo una indirecta!

Esta ha sido una relación de casi cinco años que ha pasado por momentos muy duros, así como momentos mágicos. Hemos logrado muchas cosas que yo nunca hubiera pensado posibles, gracias a mucho esfuerzo, mucha paciencia, mucha dedicación y, en muchos casos, mucha suerte. He madurado muchísimo más de lo que he pensado, y estoy seguro que ella lo ha hecho también. Ambos hemos aprendido muchísimo del otro, y nos hemos confrontado a aspectos de nuestra personalidad que nunca habíamos considerado antes.

2011 ha demostrado ser un año importantísimo en mi vida, a sólo cuatro meses de su inicio. Como alguien me dijo una vez, hay una ola de cambios pasando por ella, y simplemente hay que dejarse llevar. Y en esas estoy. Estoy en un trabajo del que al fin me puedo considerar orgulloso, estoy con una mujer que sé que amo con sinceridad –no sólo a pesar de nuestras diferencias, sino gracias a ellas—y sé que seré un buen esposo y ciertamente intentaré serlo mejor cada día.

Gracias, cielo, por darme la oportunidad de crecer, y más si es contigo.

Pues es contigo que he logrado todo mi potencial.

Te amo…

Vida

Rocky Balboa fue una película que no tenía ningún derecho a ser lo buena que era.

Sylvester Stallone tiene más de 60 años y la última película de la franquicia fue un fracaso y dolía de lo mala que era. Y sin embargo, el hombre decidió hacer una más, y fue algo absolutamente brillante, con todo lo que un fanático debe esperar de una película así: un sentido del humor velado, muchas frases citables (“Eres un viejo loco”. “Tranquilo, tú llegarás allá”), un montaje de entrenamiento y por supuesto, un par de discursos apasionados.

El mejor de todos, el que se ha quedado conmigo, es uno que el viejo gladiador le dirige a su hijo (que lo interpreta Milo Ventimiglia, Peter de Héroes). Una frase en particular se quedó conmigo. “Tú, ni yo, ni nadie va a pegar tan duro como la vida. Pero no es sobre lo duro que pegas. Es lo duro que puedes recibirlo y seguir echando pa’lante. Cuánto puedas recibir y seguir caminando. ¡Así es como se gana!”

Dio la casualidad que finalmente vi Rocky Balboa recientemente, y esa frase –es lo duro que puedes recibirlo y seguir echando pa’lante— resuena tanto porque estoy pasando por una dura prueba en la actualidad. Hay errores que no deberían pagarse toda la vida, pero los pagas. Este no sé si será uno de ellos, pero ciertamente llevo cierto tiempo pagándolo. Y no sé por cuánto tiempo será.

No voy a estar aquí lloriqueando y pidiendo perdón y mareándolos con asuntos tan personales. No voy a sentarme y decir cómo me afectado mi estabilidad emocional, mi salud, mi perspectiva en la vida. No voy a mandar un mensaje a nadie. Sí voy a decir un par de cosas.

Me arrepiento profundamente de lo que hice, lo estúpido que fui, lo ciego que estaba. Pasaba por uno de los peores momentos de mi vida, y uno sencillamente se ofusca, más si uno es débil. Pero esas son explicaciones, no son excusas. Uno nunca debe perder su centro, uno siempre debe fijar su norte sin perderlo de vista, y cuando a uno le pegan más duro, ahí es cuando más esfuerzo debes hacer por pararte.

En especial buscar apoyo de la gente que te ama, y tú apoyarlos a ellos.

Algún día dejaré de pagar ese error, ya sea con una última oportunidad o con un desgarre final. Pero mi norte está fijado, y honestamente tengo mi salud por la cual preocuparme. O recibiré ese perdón, o recibiré ese coñazo.

Es hora de demostrar –y honestamente, averiguar– cuánto puedo recibir antes de seguir echando pa’lante.

Bring it on, life.

(Esa cita es mía.)

Cambios rudos

60: La del pato macho

Viendo las imágenes de Haití y ahora Chile, uno tiene que tratar de poner las cosas en perspectiva. A esa gente la vida les cambió para siempre, en especial los de Haití, porque siquiera Chile tiene un grado mayor de civilización. Esa gente sí tiene que lidiar con empezar todo de nuevo, en algunos casos de menos cero, porque no sólo no tienen nada, sino que deben (¡mundo, perdónenle la deuda a Haití!).

Empiezo con estas palabras un post sumamente personal porque ayuda a poner las incomodidades (pues no son tragedias) en perspectiva. Uno no puede hundirse en su propia mierda cuando en realidad con pararte y bañarte tienes, cuando hay gente que ni siquiera se puede parar de lo débil que está. Pero en nuestro pequeño mundo personal, hay momentos en que tienes tu propio terremoto. Y bueno, hay que buscar recoger los pedacitos para empezar la reconstrucción.

Estos no han sido días fáciles. Lo que primero les puedo contar es que me mudé de la casa de mis padres. 38 años dependiendo de ellos de una forma u otra, y bueno, ahora ando en casa de una tía. Mi madrina. Dios la guarde, ella es tan maternal como mi madre, y ha hecho lo posible para hacerme sentir tan en casa como en casa —pero no es fácil. Me tengo que levantar más temprano, tengo menos espacio, pero bueno, lo hice con gusto y voluntariamente para ayudar a la familia. Además, todos tenemos que volar solos en algún momento, ¿no?

Luego, les menciono de pasada, están los rollos en el trabajo. No puedo dar muchos detalles, porque demasiada gente de ahí lee esto, pero digamos que… bueno. Bueno no.

Por último, lo que me ha pegado más es precisamente no puedo dar demasiados detalles aquí. Digámoslo así: me equivoqué. Y feo. Tropecé mal. No sé cómo salí ileso. Pero sólo puedo pedir a Dios que el perdón que sé que no merezco llegue algún día de manera completa. Que las cosas se termine de arreglar, que todo se supere, que el Sol salga para todos.

Hay que pensar en Haití y Chile, sí. Pero es muy difícil ignorar los tremores del país personal que es Jaycer. Ojalá los procesos humanitarios de reconstrucción hagan un buen trabajo. Y me refiero a los tres países.

¡¿Cómo me dijiste?!

Disfrutando de un rico día playero al lado de mi novia, en el camino hacia Higuerote nos pusimos a hablar, para variar, de hombres y mujeres. ¿Les sorprendería pensar que ella defiende a las mujeres?

Sin embargo, hubo un comentario que no sólo me dio risa, sino que debo admitir que es algo que comparto. Si eres uno de esos panas que así se expresan, jejejeje…

No recuerdo de qué ibamos hablando, pero lo cierto es que mi querida y muy hermosa pareja se voltea y me dice: “Hay pocas cosas que me molestan más que se refieran a las mujeres como un… ‘culito’.”

Yo de vaina choco. Tanto por reírme como de impresión, pues tengo la suerte de estar con una mujer tanto hermosa como educada, y es raro oírle una mala palabra. Pero lo cierto es que me puso a reflexionar de tal manera que tengo que compartirlo con ustedes.

Decir que tenemos la suerte de contar con mujeres espectaculares ya es tan parte de leyenda que se está transformando en un cliché. Pero eso no lo hace menos cierto. La liga de razas europeas, nativas y negras ha hecho de las féminas venezolanas unos dignos especímenes de la especie humana. De hecho, las que van a los concursos de belleza en muchas ocasiones no reflejan correctamente lo que cualquier hijo de panadera ve cuando sale de noche, visita un centro comercial o, la máxima experiencia de colirio visual, va a la playa.

En especial en, pero sin limitarse a, éste último escenario, somos afortunados los miembros del género masculino de ver una de las áreas de la anatomía femenina que muchos hombres han clamado como su favorita, en especial desde que los bikinis en muchos casos se han reducido a tres minúsculos triángulos de tela. Sí, hermanos, tenemos suerte de que tenemos unas mujeres tan orgullosas de sus posaderas que no sólo no les importa pavoneárselo en un minúsculo trajedebaño sino que lo ensalzan. También debemos agradecer por eso la amplia generación de bluejeans ajustados y a la cadera, pantalones de tela, faladas cortas y pegadas, etc. Es sólo una razón más para considerarnos una nación tocada por Dios. Yo soy más de ombligos, vientres o el Santo Grial de los hombres como son los senos (tres –o cuatro– cosas en las que MA ha sido generosamente compensada por la naturaleza), pero hay pocas cosas más artísticas que un derriére que hace que la espalda forme una grácil curva antes de convertirse en piernas. (Todo para decir que sí, me encanta unas nalgas… como las tuyas. 😉

Pero ahora les hago una pregunta: como esa es en muchos casos la parte más notable del exterior de muestras mujeres, ¿ello justifica que como él las denominemos?

Suena el celular. Harold llama a Esteban. “¿Qué pasó ‘uon?”, pregunta aquél. “Aquí, bichito”, contesta éste. “¿En qué andas?” “Nada, ando con un culito.”

Yo me imagino que Harold sea paraguayo, o colombiano, o uruguayo. Me imagino que pensará que Esteban anda con un extraño mutante, un par de nalgas unidas a un par de piernas. Pero obviamente no, Harold es tan criollo como el que más.

“Coooño, bichito, ¿con quién?” “Elena, men”, dice Esteban, más bajito, porque este “culito” también tiene oídos. “¿Qué? Diablo, eso no es un culito, ¡¡¡eso es un CULO!!!”

Y la cosa no termina ahí. Yo admito, llamar a las mujeres “geva”, “gevita”, “nena”, e incluso “yegua” ha formado parte de mi vocabulario desde que he descubierto la belleza del sexo opuesto. Pero hay algunos motes que son realmente humorosos, amén del famoso “culito”: “mamis”, “mangos”, “manguitos”… Y no sólo eso, están los despectivos, aunque yo jamás entendí cómo fue que la hembra del mejor amigo del hombre y el animal símbolo de la astucia pasó a ser un insulto para las mujeres.

Desafortunadamente para estos “machos de peloenpecho”, muchas mujeres venezolanas también tienen un órgano que no es tan fielmente idolatrado como las partes sexuales de su organismo: su linda cabecita. Cada vez son más mujeres que simplemente dicho, no se la calan, y ya ni siquiera el tan cariñoso “mami” es aceptado como mote cariñoso. Mi novia es una, eso sí: ni “mami” para ella ni “papi” para mí (gracias a Dios). (No, no se van a enterar cómo nos decimos, jejeje.)

Pero para desgracia de aquellos que preferimos tratar a nuestras mujeres con un mínimo de respeto, son muchas las mujeres que no sólo se la calan; pareciera que lo invitaran. Están las que saben que son “la otra” –y ni siquiera la única otra, sino una de muchas– y lo aceptan. Casi que lo celebran. Están las que están en la opción inversa: saben que el hombre tiene otra(s), y se hacen las locas. Están las que no sufren el cacho, pero el mayor gesto de cariño que han recibido son los buenos días. Y por último, está el pobre grupo que escogió andar con el tipo que ellas “provocan” para pegar, aunque ellas entiendan que se lo buscaban. Malas mujeres, que no entienden el estrés bajo el que está el pobre cavernícola… Con tal que no las mate…

Sólo imagínense por un momento que la cosa del “culito” fuera al revés. Marcela llama a Carolina: “Amiguis, ¿en qué andas?” “Nada, chama, aquí, con un huevito…”

Cierto, se oye horrible, pero en nuestra extraña idiosincracia, si alguien es un “huevito” eso quiere decir que es muy apto en su asunto. Pero si se toma literal, entonces el tipo se acomplejaría, porque está atentando contra el tamaño del apreciado miembro. Ah, entonces hay que idearse esto al revés:

Marcela: “Amiguis, ¿en qué andas?” Carolina: “Nada, chama, aquí, con un HUEVÓN…”

Hmmm… Como que no, ¿verdad?

Muchachos, llamar a una mujer “un culito”, a menos que sea echando vaina (lo otro por lo que somos etiquetados los venezolanos), indirectamente los revela como que lo único que quieren es, para usar la misma palabra, “culear”. Mientras no hay nada intrínsecamente malo con eso (Dios sabe que a todos nos gusta un bamboleo horizontal de vez en vez), mientras sigan mandando esas señales a las mujeres del país –mujeres que cada vez son más desconfiadas de los hombres– los que van quedando cada vez peor son ustedes. Es cierto, siempre habrá alguna pobre pendeja que no aprenderá y seguirá recibiendo coñazos sentimentales hasta que se conviertan en un hombre con tetas, que tratará al pobre idiota que caiga en sus manos de la misma manera que la trataron a ella, y se dará cuenta que esa sí la quería, pero ya es demasiado tarde porque el tipo anda con una que sí le dio la oportunidad.

Así que a ustedes, idiotas que prefieren salir con un culo con piernas, que se divieratn: papá se queda con el paquete completo, ese regalo (ciertamente a veces insoportable pero siempre regalo) que Dios nos dejó: una MUJER.

Desde el punto de vista de los hombres

¿Saben cómo hay tantas listas así como “El manifiesto femenino/masculino” o “Cosas que las mujeres quisieran que los hombres hicieran más”? Pues ahora le toca a nosotros, ese raro grupo de hombres que tiene (silencio horrorizado) sentimientos. Encontré esta lista en Internet sobre el punto de vista del “hombre moderno” sobre ciertas situaciones, y aquí la publico con algunas adaptaciones. Espero que toda mujer que he conocido, conoceré y en especial la que comparte mi vida amorosa en este momento la lea.

  • No nos importa si hablas con otros tipos.
  • No nos importa que seas amiga de otros tipos.
  • Pero si estás sentada al lado de nosotros, y un tipo equis entra y brincas y lo lanzas al piso… bueno, sí, eso pica. No, mentira; arrecha.
  • Y es peor si para rematar ahí se quedan diez minutos hablando con él sin asimilar el hecho de que todavía estamos ahí.
  • No hay rollo si un tipo te llama, pero a las 2 de la mañana es como motivo para preocuparse.
  • Nada es lo bastante importante (a menos que sea una emergencia) que no pueda esperar hasta el día siguiente. Digo, ¿cómo reaccionarían ustedes si fuera al revés?
  • Si decimos que están: bonita, bella, hermosa, linda o algo que sólo puede ser descrito con un “Dioooossss”, lo decimos en serio, coño.
  • No nos digan que no es cierto. Dejaremos de tratar de convencerte.
  • Una de las cosas más sensuales de una mujer es su CONFIANZA EN SÍ MISMA (que no es lo mismo que narcisismo).
  • No se molesten cuando les abrimos la puerta (sí, hay mujeres que aún se molestan con esto).
  • Aprovechen que, o estamos de ese humor, o somos esa clase de hombre.
  • ¡Dejen que paguemos por ustedes! No se sientan “mal” por eso, no les de pena. Nos encanta hacerlo. A veces hasta creemos que lo es esperado. Si insisten en “compartir” o “un día tú, un día yo”, discutan con raciocinio, no se molesten o le formen un peo al pobre tipo por ser un caballero. Si no, simplemente sonrían y digan “gracias”.
  • Besito cuando nadie nos ve.
  • Si hay besito cuando saben que nos están viendo, estaremos más impresionados.
  • No tienen que vestirse de gala cuando van a salir con nosotros (aunque lo agradecemos mucho).
  • Si vamos a salir con ustedes para empezar, no TIENEN que ponerte la falda más corta, el pantalón más apretado, la blusa más corta/escotada o todo el maquillaje que cargas encima.
    Nos gustan ustedes por quiénes son, no qué son. (Ejemplo: tú me gustas y te quiero por ser María Antonieta Ortega, no por lo buena que estás.)
  • Por lo general, yo soy de la opinión que una mujer está en su punto más hermoso cuando está lo más natural posible (no está limitado, aunque ciertamente incluye, escasez de ropa).
  • No se tomen todo lo que decimos en serio.
  • El sarcasmo es algo hermoso. Ve la belleza en él. No se molesten con facilidad.
  • Dejen de usar Cosmopolitan, Vanidades y otras como la Biblia.
  • No nos importa tanto que nos digan qué BE-llo es o qué BUEEENO está Juan Carlos García, Isnardo Bravo, Colin Farrell, Brad Pitt, etc., pero cuando es algo persistente, una de dos: o nos vamos a picar (¿para eso no están las amigas?) o ya no tienen moral para reclamarnos cuando admiremos la belleza de Alba Roversi, Patricia Fuenmayor, o cualquiera de las Chicas Polar.
  • PUNTO IMPORTANTÍSIMO: Mujeres, si un tipo no las está tratando bien, no esperen a que el tipo cambie. Destierren a esa desgracia para el gremio a la Tierra de los Machos Vernáculos y encuentren a alguien que las traten con respeto.
  • Alguien que les respete su moral.
  • Alguien que las haga sonreír cuando estén mal.
  • Alguien que las querrá aún cuando cometen errores.
  • Alguien que las amará, no importa lo mal que lo hagan sentir, o lo que hagan (pero no abusen, o las desterradas serán ustedes.)
  • Alguien que dejará de hacer lo que están haciendo sólo para mirarlas a la cara, decir “Te amo”, y sentirlo.
  • Creo que los tipos buenos (sí, existen) se merecen una oportunidad.

PARA LOS MENOS EXPERIMENTADOS

Agarrando manos

  • Chicas: Si quieren agarrarle la mano, tóquenla con cuidado un par de veces.
  • Chicos: Agárrenla si sucede más de una vez. O simplemente si están caminando.

“Acurrucamiento”

  • Chicas: Cuando quieran acurrucarse, digan que tienen frío.
  • Chicos: Que sea automático el acercamiento. U observen en el momento que hace un gesto de frío.

En el cine

  • Chicas: Durante un película, si les pasa el brazo por los hombros, recuesten su cabeza del suyo.
  • Chicos: Levántenle la cara y denle un beso.

Amor a cada uno

  • Chicos: Cuando les digan “Te amo”, al menos la primera vez, por amor a Cristo, nada de “Yo también”, “Sí, yo sé” o afines. Mírenla a los ojos, denle un piquito, y díganle “Yo también TE AMO” — y díganlo en serio.

“Acostados bajo las estrellas”
(léase: acostados en la playa, acostados en la cama, acostados en un chinchorro, o acostados en el sofá viendo TV)

  • Chicas: apóyense en su pecho y oigan su corazón latir.
  • Chicos: susúrrenle en el oído y entrelacen su mano con la suya.

A todos los hombres que van a burlarse de esto, piensen en si están en cuándo fue la última vez que hicieron algo romántico por su pareja. Y a las mujeres que no se creen que haya hombres que piensen así todavía, sí existen, pero a mí no me busquen para demostrarlo. Ocupado.

Inspirado

Este post salió por uno que escribió mi pana en su blog, enamorado como está. Si conocieran al personaje, sabrán que uno, como hombre, tiene la mala costumbre de meterse con los panas cuando da muestras de ese amor, porque la sociedad en algún momento nos impuso que macho que se respeta jamás se anda con esa mariquera de romanticismos; la mujer se agarra por los pelos y se arrastra hasta la casa, donde no sale de la cocina ni de la cama, a arrastrar muchachos.

Gracias a Dios, la sociedad también ha demostrado que los que se aferran a esa imagen son los que se divorcian más, los que peor imagen tienen entre las mujeres, y son los pendejitos almibarados como él y (lo digo con orgullo) como yo que, después de llevarnos nuestros buenos coñazos, terminamos con felices relaciones de años y años, con suerte hasta familias como la de mis padres, casi cuarenta años de amores y más de treinta de matrimonio.

Ahora que yo estoy en esa relación que menciono, luego de un tiempo inquieto, luego de salir de otra larga relación, y ahora que tengo mi primer aniversario este domingo, tomo un momentico para agradecerte a tí, mi Marita, por ser ese espacio de tranquilidad cuando más lo necesito. A veces siento que no te estoy dando todo lo que te mereces, y supongo que es porque creo que te mereces tanto que no te lo puedo dar todo, y por eso me equivoco a veces. Cada día de estos 365 ha sido a la vez aleccionador, divertido, divino e inolvidable (aunque a veces quisiera olvidar detallitos por la pena, jejejeje…). Ojalá de verdad eso que nos propusimos hacer para el año que viene en efecto se de. Si he esperado tanto tiempo para escribir de ti por aquí, es porque he tenido miedo de que se me eche a perder de tanta exposición, porque es tan lindo que necesito que sólo mejore, que nada lo amenace. Pero bueno, este es mi equivalente a gritarlo desde el techo del mundo. TE AMO.

Y como cerré el comentario que dejé en el mblog del pana, QUE VIVA EL AMOR CARAJO.

P.D.: Quiero volver a empezar mis mañanas como debe ser. Tú me entiendes. 😉

Mis abuelos

A Odilia de Rodríguez, 1913-2006

Todos queremos a nuestras abuelas, ya sea porque ellas se lo ganan o por asociación a nuestros padres. La abuela que consiente, la abuela que educa, la abuela que cría, la abuela que aconseja; todas ellas casi obligan a que las querramos. Aunque sea por el hecho de que han vivido muchos más años que nosotros y han pasado ronchas por las que nosotros quizá ni llegamos a concebir siquiera, y más importante, sin ellas nosotros no existimos, por aquello que sin ellas nuestros padres no existieran. Y es un dolor particularmente grande cuando se van de este mundo, primero por el dolor de que se vaya un ser tan querido, y segundo porque sentimos que se termina una era, una era que quizá fue más pura, menos superficial y de mayor calidad humana. Sentimos que cuando se apaga la luz de una abuela, nuestros días son un poquito más grises.

El martes pasado, 24 de enero, se apagó una abuelita más, y esta es más importante porque resulta que era la mía. Más aún, era la última de mis cuatro abuelos. Así que, ¿por qué no aprovecho y les doy un paseo por todos ellos?

La primera, Mercedes Álvarez de Rojas, madre de mi madre, es de la que menos recuerdos tengo, por aquello que falleció cuando yo tenía tres años, y esos años antes mi familia estuvo viendo en el exterior. Lo único que recuerdo vagamente es ella llevándome a la acera de su casa en ¿El Paraíso? para ver a las hormigas, no para matarlas, claro, sino para que le admirara la maravilla que era la Naturaleza. (Supongo que de ahí evolucionamos a varias horas frente a Animal Planet hoy en día.) Pero por los cuentos que se dicen de ella, era una mujer adelantada a su tiempo, y recia, emotiva y dura, a la vez que atenta, cariñosa y muy leída, cualidades aparentemente contrastantes que le heredó a mi madre y sin duda le pasó a sus nietos a través de ella. Uno de mis cuentos favoritos de ella es uno que involucra una cena. Mi abuela había preparado una cena con bistec y arroz, y se la sirvió a mi abuelo mientras ella hacía otra cosa. Mi abuelo picó la carne con mucho esfuerzo y la masticaba con cierta dificultad, pero por educación (¡espero!) no dijo nada. Pero mi abuela era Álvarez, y eso quiere decir que no se le escapaba nada. “¿Qué pasa, Pablo?”, preguntó mordaz. “No, nada”, fue la tímida respuesta. Pero no se iba a escapar tan fácil. “¿Está dura la carne acaso?” A mi abuelo no le quedó otra. “Bueno, sí, un poco.” “Bueno, entonces bótala. Yo no fui a la universidad para aprender a cocinar.” Y esto fue en los cincuenta, donde las mujeres supuestamente eran más sumisas que ahora. ¡Qué tal!

Igual de recio era mi abuelo, señor Pablo Rojas Guardia. De él sí tengo varios recuerdos porque él y nosotros vivimos en casa de mis tíos (la hermana de mi mamá) durante tres meses mientras nuestra casa se preparaba. Él y mi abuela Mercedes eran hechos el uno para el otro, ya que sus caracteres eran muy parecidos. Mi abuelo era un costal de historia y letras. Fue un poeta y ensayista laureado; ganó el Premio Municipal de Poesía en 1945 y el Nacional de Literatura en 1970, estuvo preso en La Rotunda durante la época de Gómez (fue parte de la Generación del ’28), fue encargado de negocios y primer secretario en Checoslovaquia y Nicaragua durante la época de Medina Angarita (por si acaso hay algún escéptico, ver aquí). Recuerdo que mi madre me cuenta que a todos sus hijos (tres hembras y un varón) les daba dictados por largos ratos para que perfeccionaran su escritura, los hacía leer asiduamente, y un error en sintaxis al hablar era seriamente penalizado. Lo admiro muchísimo por haberle inyectado a sus hijos una buena dosis de gusto literario, que me lo pasaron a mí (mi tío Armando, quien le siguió sus pasos y también es un poeta aclamado, es también mi padrino de bautizo, y siempre me leía diversos cuentos cuando yo aún estaba en edad de sentarme en sus piernas). Pero también hay historias divertidas, esta vez presenciados por mí, que tenía cerca de siete años en aquel entonces. Él era muy calvo, herencia nefasta que mi hermano sufre ahora, y adoraba el picante. Una vez lo vi comiendo sopa, y por supuesto estaba la salsa tabasco al lado. Y empieza a echarle a la sopa… y sigue… y sigue… y sigue… y sigue… ¡y sigue! A esa edad yo no opinaba, pero recordaba lo que veía en las comiquitas, y esperaba que empezara a echar humo por las orejas. Pues ahí iba, a probar la sopa…. Y a la tercera cucharada, yo veo las gotas de sudor acumulándose en esa enorme frente. Y mi querido abuelo, a quien igual que a su esposa el cáncer se lo llevaría más temprano que lo previsto, con toda calma se limpió la frente con un pañuelo… y le echó más salsa a la sopa.

Lo que me encanta de escribir de mis abuelos es que ahora puedo comparar a las dos parejas. Digámoslo así: en una fiesta donde hubieran estado las dos parejas, les puedo asegurar que uno no sabría a quién escuchar más, porque los cuatro serían el alma de la fiesta. Mis abuelos maternos serían los que hubieran criticado al gobierno de forma sumamente elocuente y educada, mientras que mis abuelos paternos serían los que tendrían a todo el mundo encantados con sus ocurrencias, anécdotas y chistes. Lo sé porque eso lo veo en mis padres.

Mi abuelo paterno era don José Cristóbal Rodríguez Pantoja. Era un hombre que comandaba respeto, sólo por su figura. Lo comparo físicamente con mi abuelo Pablo y me tengo que sonreír. Mi abuelo Cristóbal le hubiera llevado al menos una cabeza de altura, y tenía una voz que yo sólo puedo comparar con James Earl Jones. También por ese lado tengo herencia, porque mi abuelo fue de los primeros narradores de noticias de El Observador Creole, el noticiero que precedió a El Observador, en RCTV, y fue voz en muchos comerciales de radio. (Estoy estudiando Comunicación Social.) Además era increíblemente fotogénico, con una sonrisa que el mismo Cary Grant envidiaría, lo que contribuía a su factor de intimidación. Pero mi abuelo era pura pinta, al menos en lo que a sus nietos se refiere. Yo nunca en los quince años de mi vida que pude disfrutar de su compañía lo oí molesto. Era uno de los seres más bonachones, cariñosos y ocurrentes que me pueda imaginar. Quería muchísimo a mi mamá, “caraotica” le decía, y no paraba de meterse con ella cada vez que podía. Sobre todo, le encantaba esconderle su cartera, y lo hizo muchísimas veces hasta que mi mamá aprendió.

Con mis abuelos paternos sí tuvimos oportunidad de viajar mucho, y era muy divertido ver a mi abuelo dormido con sus lentes oscuros en las orillas de una playa. Como tenía problemas de circulación, le encantaba bañarse en aguas heladas para los demás. La fiesta más grande en mi familia fue sin duda cuando él y mi abuela cumplieron sus cincuenta años de casados, donde quedé impresionado del enorme amor que aún se tenían, nada más como estaban pendientes el uno del otro. Dos años después de eso, una enfermedad que aún desconozco se lo llevó, demasiado temprano. Pero para que terminen de hacerse una idea de cómo era este viejo querido, aún en su lecho de muerte, tuvo suficientes fuerzas para meterse con mi mamá. Se fue en paz y con una sonrisa en los labios.

Muchas de esas sonrisas se las dedicó a su esposa querida, mi abuela Odilia Hernández de Rodríguez. ¡Cómo sufrió mi pobre vieja cuando se le fue Rodríguez! Hasta sus últimos días, ella lo llamaba por su apellido, pero el amor que le tenía era sólo comparable al que le tenía a sus nietos. Nosotros la visitábamos cada domingo, y mi hermano y yo nos sentábamos a ver televisión en la cocina a tomar Colita y a comer pan que ella compraba específicamente para nosotros. Era una mujer de negocios super astuta, de esas que son capaces de venderle una nevera a un esquimal. Siempre viajaba a Margarita para comprar ropa y revenderla aquí. Y así como mi abuelo, tenía un sentido del humor que sólo podía ser Rodríguez. En cada cumpleaños, mi hermano le decía que se vistiera, que la iba a llevar a tomar cerveza y a conseguirle un pavo. Ella, muerta de risa, le contestaba, “‘Ta bien, mijo, dame tiempo para vestirme y nos vamos.” Una vez fuimos a ver Hechizo de Luna al cine, que en inglés se llama Moonstruck, y esa palabra la divirtió muchísimo, al punto que después cada vez que me veía yo le preguntaba cómo se llamaba la película y ella, sin ton ni son, contestaba: “MUN… stroooo”.

Esa chispa empezó a apagarse hace unos cinco años, cuando los años finalmente como que se acordaron que ella existía, y envejeció con una rapidez pasmosa. Hace dos años se mudó con mi tía Aída (que nadie llama así, siempre será la Negra para todos, y madrina para mí), porque ya no podía hacer muchas cosas sola. El 23 de diciembre pasado sufrió un ACV masivo que la terminó de postrar en la cama, y nunca volvió a abrir los ojos. Finalmente descansó, como dije al principio, el martes 24 de enero pasado.

Ahora que hay un gran hueco en mi vida, por la ausencia de mis abuelos, me doy cuenta de lo importante que son. Qué suerte tienen aquellos que aún tienen a todos sus abuelos vivos, que incluso bisabuelos y hasta tatarabuelos tienen. Ellos son una enciclopedia con alma, una fuente casi inagotable de amor que algunos demuestran a su manera, y que a veces la vida se nos lleva demasiado pronto. Yo tuve a mi abuela Odilia por más de treinta años, y aún siento que pude haber hecho tantas cosas por ella. Sólo me queda esperar que cuando convierta a su hijo en abuelo a su vez, pueda enseñarle a sus nietos el gran tesoro que tiene en esos viejitos que pelean con uno por tantas razones, pero que al final es por el enorme amor que tienen para dar y simplemente lo quieren pasar a sus nietos como lo hicieron por sus hijos.

Abuelita, descansa en paz. Perdóname cualquier cosa mala que te haya hecho sentir en cualquier momento, perdóname si no fui tan nieto contigo como quisiera, y dale un gran abrazo al viejo allá arriba cuando lo veas. Tranquila, que al hijo te lo seguimos cuidando.