No lo vamos a ver todo en la vida. ¡GENIAL!

Kottke.org es una de esas paradas obligadas en mi ritual de lecturas online en lo que entro al ciberespacio. Es una colección de posts muy breves (en su mayoría), tratando más que nada con artes liberales: muchos enlaces a The New Yorker, pensamiento crítico, liobros, lectira, videos (y también trailers de algunas películas, comentarios sobnre series como The Wire y Mad Men, recomendaciones a otros blogs y jueguitos Flash para perder el tiempo productivamente). Me encanta al más allá, en serio.

Una de sus últimas entradas mostraba este enlace del blog Monkey See del sitio de la Radio Pública Nacional (NPR) de Estados Unidos (un ejemplo de cómo decir un medio público, en serio… es que creo que ni la BBC). El título es “El Triste y Hermoso Hecho de que Nos Vamos a Perder Casi Todo”, por Linda Holmes. ¿La versión corta? No lo vas a ver/leer/probar todo… ¡gracias a Dios!

Yo tengo tres libros que sugieren cosas que son tan vitales que si se te ocurre perdértelas antes de enfrentarte con el Creador, tu vida habrá sido incompleta. Como se supondrán, son 10001 Películas que Ver, 1001 Discos que Escuchar y 1001 Libros que Leer Antes de Morir. Holmes saca la cuenta de cómo sería esta hazaña si te limitas sólo a libros: si tienes 15 años, lees dos libros a la semana y lo mantienes hasta que tengas 80 años, eso quiere decir que para ese momento habrás leído 6.500 libros. Claro, está el pequeño detalle que en esos 65 años, seguirán saliendo libros, así que…

Yo soy así. O al menos lo era antes de volverme adicto a Internet. Yo me leía no dos, sino a veces tres libros a la semana. Cien Años de Soledad me lo bebí en cinco días la primera vez, semana y media la segunda. Bag of Bones de Stephen King, en cuatro días. Pero Don Quijote aún no me lo he leído. El único libro de Mario Vargas Llosa que he digerido ha sido La Fiesta del Chivo. Sólo he leído una novela de Miguel de Unamuno (Niebla) y una sola de Camilo José Cela (La Colmena, por supuesto). No he terminado ni Crimen y Castigo ni La Guerra y La Paz; no he leído nada de John Updike, Franz Kafka, J.D.Salinger, Truman Capote o ninguno de la Generación Beat.

¿Y el cine? Yo me hago llamar de cinéfilo (por algo tengo un blog de cine) pero mis puntos ciegos en ese aspecto son grandes. ¿Expresionismo alemán, tipo Nosferatu o El Gabinete del Doctor Caligari? Nanay. ¿Obras de Luis Buñuel? Nopi. Joder, ¿cine mudo? Ni una. No vi Apocalipsis Ahora sino en agosto, no vi It’s A Wonderful Life sino en diciembre… Y para no aburrirlos mucho, mejor sólo les menciono que, en cuanto a música, el último disco que compré fue Rock N Roll Jesus de Kid Rock… en 2007.

¿Ven a lo que me refiero? Y eso que no he cubierto mi lista de 100 cosas que quiero hacer antes de atravesar las Puertas Doradas. Y la simple realidad que debes afrontar es esta: a menos que te la des de James Franco y quieras hacer dos millones de cosas a la vez, no hay tiempo ni mucho menos fuerza para ver todo el espectro cultural que el universo decide parir en cualquier momento dado. Sencillamente no se detendrá para que te de tiempo de consumirlo. Y eso está bien, dice Holmes.

Es triste, pero también es… grandioso, de verdad. Imagínate si hubieras visto todo lo bueno, o si supieras de todo lo bueno. Imagínate si de verdad adquirieras todas las grabaciones y libros y películas que “deberías ver”. Imagínate si lograras pasar por las listas de todo el mundo, hasta que todo lo que no hayas leído realmente no necesitara leerse. Eso implicaría que todo el valor cultural que el mundo ha logrado producir desde que una gota de masa primordial agarró un violín es tan pequeña e insignificante que un solo ser humano se lo podría tragar en una sola vida. Eso nos haría fracasos, creo yo.

Así, nosotros los cultoadictos tienen dos opciones: o nos amargamos y nos limitamos a las comiquitas de los periódicos o estamos pendientes de consumir lo bueno que viene en nuestra dirección. Tomemos un camino poco transitado; leamos un libro basado sólo en su portada; veamos una película que no nos llama nada la atención. Si quieren guías, compren esos libros que mencioné, busquen las listas de “lo mejor del año/década/historia/última hora” que abundan en línea.

Pero sobre todo, nunca dejen la curiosidad y de tener una mente abierta. ¿Se acuerdan del experimento del violinista? Hay cosas hermosas ocurriendo a nuestro alrededor que nos estamos perdiendo ahora mismo. Escoge lo que te gusta o lo que te llama la atención, y búscalo. No quieras consumirlo todo; sólo estáte alerta en consumir lo bueno.

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Vida

Rocky Balboa fue una película que no tenía ningún derecho a ser lo buena que era.

Sylvester Stallone tiene más de 60 años y la última película de la franquicia fue un fracaso y dolía de lo mala que era. Y sin embargo, el hombre decidió hacer una más, y fue algo absolutamente brillante, con todo lo que un fanático debe esperar de una película así: un sentido del humor velado, muchas frases citables (“Eres un viejo loco”. “Tranquilo, tú llegarás allá”), un montaje de entrenamiento y por supuesto, un par de discursos apasionados.

El mejor de todos, el que se ha quedado conmigo, es uno que el viejo gladiador le dirige a su hijo (que lo interpreta Milo Ventimiglia, Peter de Héroes). Una frase en particular se quedó conmigo. “Tú, ni yo, ni nadie va a pegar tan duro como la vida. Pero no es sobre lo duro que pegas. Es lo duro que puedes recibirlo y seguir echando pa’lante. Cuánto puedas recibir y seguir caminando. ¡Así es como se gana!”

Dio la casualidad que finalmente vi Rocky Balboa recientemente, y esa frase –es lo duro que puedes recibirlo y seguir echando pa’lante— resuena tanto porque estoy pasando por una dura prueba en la actualidad. Hay errores que no deberían pagarse toda la vida, pero los pagas. Este no sé si será uno de ellos, pero ciertamente llevo cierto tiempo pagándolo. Y no sé por cuánto tiempo será.

No voy a estar aquí lloriqueando y pidiendo perdón y mareándolos con asuntos tan personales. No voy a sentarme y decir cómo me afectado mi estabilidad emocional, mi salud, mi perspectiva en la vida. No voy a mandar un mensaje a nadie. Sí voy a decir un par de cosas.

Me arrepiento profundamente de lo que hice, lo estúpido que fui, lo ciego que estaba. Pasaba por uno de los peores momentos de mi vida, y uno sencillamente se ofusca, más si uno es débil. Pero esas son explicaciones, no son excusas. Uno nunca debe perder su centro, uno siempre debe fijar su norte sin perderlo de vista, y cuando a uno le pegan más duro, ahí es cuando más esfuerzo debes hacer por pararte.

En especial buscar apoyo de la gente que te ama, y tú apoyarlos a ellos.

Algún día dejaré de pagar ese error, ya sea con una última oportunidad o con un desgarre final. Pero mi norte está fijado, y honestamente tengo mi salud por la cual preocuparme. O recibiré ese perdón, o recibiré ese coñazo.

Es hora de demostrar –y honestamente, averiguar– cuánto puedo recibir antes de seguir echando pa’lante.

Bring it on, life.

(Esa cita es mía.)

Meme: ¿Qué harías antes de partir?

¿Quiénes vieron Antes de Partir? La película del año pasado con Morgan Freeman y Jack Nicholson no fue un éxito especial en taquilla, pero a mí me tocó algunas fibras sensibles, como dije en la reseña en mi otro blog. Y bueno, he aquí el resultado de dicha inspiración.

Todo el mundo tiene un plan de vida, un conjunto de metas que uno quiere alcanzar antes de reunirse con su Creador al final de lo que esperamos sea una larga y productiva vida. Eso puede ser una familia, una empresa propia, una vivienda propia en tal zona, etc. Pero hay también eventos individuales que uno quiere vivir por cualquier razón que uno quiera, más que nada por satisfacción personal. Puede ser algo tan grandioso como pararse en el Himalaya o recibir un beso bajo la luna llena. Esa es la lista de eventos que comparto con ustedes hoy, sin ningún orden en particular ni ningún plan, y quisiera saber cuáles serían los de ustedes.
Reglas:

  • Deben ser 10, 50 ó 100 metas. Ni más ni menos.
  • Deben todas ser más o menos realistas. Claro, yo no creo que viaje a la Luna antes de morir, pero si ustedes creen que sí….
  • No pongan una fecha específica ni un orden de importancia. Simplemente que sea antes de dejar este mundo.
  • Traten de evitar cosas tan mundanas como “Quiero acostarme/besarme/pellizcarle una nalga a X celebridad”. A menos claro, que su vida esté tan llena de esos, ejem, sueños. Acéptenlo de una vez, Aura Ávila no los va a llamar.
  • Al menos cinco imágenes que ilustren sus deseos. Allá yo que puse muuuchas más. 🙂
  • ¡Compartan!

Anyway, aquí les va:
1.- Pararme frente al Salto Ángel.


2.- Nadar con una ballena
gris, jorobada o azul.

3.- Ver a mis hijos en un país próspero y con un mínimo de conflictos.

4.- Ver una película (o diez) en el Alamo Drafthouse en Austin, Texas. Alterno: el Teatro Chino de Los Angeles.

5.- Tener mi voz en un programa o película doblado. ¡Ya hice el curso! (De doblaje, digo.)

6.- Tener mi propio programa de radio.

7.- Asistir a un festival de cine.

8.- Lanzarme la caminata hasta Los Nevados en Mérida. (Aquí el mapa, cortesía de Google Maps, claro.)

9.- Viajar (en ese orden) a Japón, Australia, Tailandia, España, Alemania, Chile, Argentina o Canadá.

10.- Hacer el amor en la playa (punto extra si es de noche y luna llena).

11.- Hablar largo y tendido con mi hijo sobre la vida y la muerte. Y me entienda.

12.- Darle dos nietos a mis padres. (Esto creo que debería ser antes que ellos partan, pero bueno…)

13.- Escribir un libro.

14.- Sembrar un árbol. (Y sí, tener un hijo.)

15.- Viajar a las Islas Galápagos. Sí, para estar como en la foto. 🙂

16.- Conmoverme hasta las lágrimas con algo que me hayan escrito (niños o pareja).

17.- Ver el Guaire limpio.

18.- Pasar un día con una tribu indígena en cualquier país (mongoles, yanomamis, cheyenne, masai…)

19.- Viajar en tren.

20.- Aprender a cocinar. (BONO: preparar una cena para mi familia.)

21.- Dar un beso largo, intenso, tierno y apasionado en un sitio cómodo pero de poco espacio.

22.- Hacer el Camino de Santiago.

23.- Llevar a mis hijos a Disneylandia.

24.- Conocer la Gran Sabana.

25.- Ver los Diablos Danzantes de Yare.

26.- Asistir a la procesión de la Divina Pastora. (Bono: si en algún momento tengo que mudarme de Caracas, que sea a Barquisimeto.)

27.- Volver a San Francisco, California.

28.- Hiper-galla: Asistir a la Convención de Origami USA en Nueva York.

29.- Pararme en Ayers Rock, en Australia.

30.- Asistir a un concierto de rock en un estadio extranjero, o en un club tipo The Whisky A Go Go. (Bono: ¡ir al Whisky A Go Go!)

31.- Probar ajenjo sin consecuencias que lamentar. (Bueno, sin muchas consecuencias que lamentar.)

32.- Viajar a Rumania y conocer el castillo de Vlad Tepes (a.k.a. Drácula).

33.- Ver una película con Alfonso Molina (o cualquier crítico de cine, local o internacional, de esa altura).

34.- Tener un autógrafo de Sean Connery. 35.- Recorrer Latinoamérica, como lo hiciera el Che Guevara (uno de los pocos ejemplos a seguir del hombre).

36.- Visitar el Museo y Salón de la Fama del Rock & Roll en Cleveland, Ohio.

37.- Asistir a un juego de béisbol (no he ido aquí porque vivo en Caracas y soy magallanero, por lo tanto temo por mi bienestar físico, jejejeje).

38.- Volver a la Rivera Maya (Cancún). 39.- Amanecer en el Llano de Apure o Guárico.

40.- Entrevistar a Leonardo Padrón. Para los que no sepan, es un escritor, dramaturgo, poeta, guionista y entrevistador venezolano.

41.- Pasar un fin de semana en Los Roques (quién no, ¿verdad?)

42.- Conversar con alguna figura influyente internacional. Aspiraría que fuera Nelson Mandela, pero dudo que suceda en mi vida, por aquello de que él ya está al final de la suya. ¿Quién me sugieren? 🙂 (Por mi profesión de periodista he podido entrevistar a algunas personalidades bastante influyentes aquí en Venezuela, por eso creo que el reto es que sean internacionales. Ojalá don Arturo Uslar Piertri hubiera estado vivo cuando empecé la carrera.)

43.- Ver una de las Biblias de Gutenberg. Sólo quedan cuatro copias completas en el mundo.

45.- Visitar uno de estos museos (o todos, pues): el Louvre, la Galería Nacional en Washington, el Museo del Prado, el Museo Arqueológico Nacional de Atenas o la Galeria de los Uffizi en Florencia. BONO: ver los cuadros La Gioconda (sí, la Mona Lisa) de Da Vinci, El Grito de Edvard Munch, El Bombardeo de Guérnica de Pablo Picasso o La Persistencia del Tiempo de Salvador Dalí. 46.- Visitar la Capilla Sixtina (¿qué católico no quisiera conocer el Vaticano?)

47.- Viajar a la Tierra Santa (Israel) y de paso tratar de conocer todo lo que pueda del Medio Oriente. Incluso Iraq.

48.- Oir de mi hijo y/o especialmente de mi hija: “¿Reggaeton? ¡Odio esa vaina!”

49.- Lanzarme en parapente o paracaídas. ¡Juro que lo haré!

50.- Asistir al Lebowski Fest o al Shawshank Redemption Trail, dos festivales que celebran dos de mis películas favoritas.

51.- Contemplar un atardecer en Barquisimeto.

52.- ¡Viajar al Zulia! Sólo espero la tramitación de la visa. 😉

53.- Disparar un arma. No contra algo vivo, ojo.

54.- Tener un perro. Lo más probable es que sea un beagle, pero quisiera que fuera un pastor alemán. O un boxer. Cualquier cosa excepto un pitbull, gracias.

55.- Fotografiar a alguna especie en peligro de extinción en su estado salvaje. Por supuesto que de primero el cardenalito, pero también quisiera ver un tití león, un leopardo de Amur (sí, seguro) o un rinoceronte de Java. De primero, un cóndor andino volando en los cielos de los páramos andinos de mi país.

56.- Montar un avestruz. ¡Menos mal que no tengo que viajar muy lejos para hacerlo!

57.- Hacer un curso de fotografía. Preferiblemente con Roberto Mata.

58.- Hacer un posgrado. Preferiblemente de periodismo digital. Aquí o en el exterior.

59.- Tener una pecera de pared. Léase, toda una pared como una pecera.

60.- Tener un loro o periquito. Eso sí, nada de capturado en estado salvaje. Criado en cautiverio de manera legal: No voy a contribuir a que sigan en peligro de extinción.

61.- Viajar a las Cuevas del Guácharo, las cavernas Carsbald o las Cuevas de Altamira.

62.- Visitar las ciudades de Barcelona, Washington, Buenos Aires, Estambul, Praga, Francia, Londres o Ciudad del Cabo.

63.- Asistir a una conferencia en el exterior. No importa realmente de qué, pero quiero la experiencia de viajar por cuestión de educación.

64.- Dar una serenata. Si no a mi novia, a mi madre.

65.- Ver a mis padres cargar a sus nietos.

66.- Cargar a los míos.

67.- Volver a Nueva York.

68.- Aunque no lo crean, no tengo ningún tipo de urgencia por conocer Hawaii. Me intriga muchísimo más viajar a Fiji. Aunque si se da Hawaii primero tampoco me voy a poner bravo. Al menos me gustaría ir a un auténtico luau, pero no hay que ir a Hawaii para uno.

69.- Consideren esto una ligera trampa, porque además que va un poquito en contra de las reglas, creo que aunque realmente quisiera hacerlo es lo menos probable que suceda (sí, aún menos que ver a un leopardo de Amur): quisiera hacer el amor en una oficina. 🙂 (¡Después de horas, coño!)

70.- No me lo van a creer tampoco, pero quiero viajar a Cuba. Preferible cuando sea un tanto más, ejem, democrático, pero si es antes no me importa.

71.- Colaborar para un medio internacional. En inglés o en español. (Hay algo por ahí viniendo, pero sería bueno que me pagaran.)

72.- Publicar mis memorias (y no, no es lo mismo que escribir un libro).

73.- Escribir un perfil periodístico, ya sea de algún personaje histórico (Cipriano Castro sería a quien escogiera), actual (Pompeyo Márquez, quizá, o Alberto Barrera Tyszka) o un sitio (estuve a punto de hacer uno de la Plaza Altamira, y aún quiero hacerlo).

74.-Ver a un ave lira en estado salvaje. Esto debe ser el equivalente de ver un concierto de una sola persona.

75.- Asistir a un concierto en el Carnegie Hall de Nueva York o el Royal Albert Hall de Londres. Preferiblemente para escuchar una interpretación de los Conciertos de Brandenburgo. Un extracto:

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76.- Ver el antiguo sitio del Muro de Berlín.

77.- Caminar por la Gran Muralla China.

78.- Tomarme un café en la avenida Corrientes de Buenos Aires.

79.- Comprarme un libro en la Librería El Ateneo de Buenos Aires. (¿Que no les dije ya que quiero conocer Buenos Aires?)

80.- Conocer la zona de los viñedos y Valparaíso, en Chile.

81.- Pasear por el National Mall de Washington, D.C. (es la zona donde está el Lincoln Memorial, el Washington Monument y todo el conjunto del Instituto Smithsoniano). Llámenme mórbido, pero ir al cementerio de Arlington también es un sitio que quisiera visitar.

82.- Hablando de mórbido: visitar las tumbas de Jimi Hendrix (Seattle), Bruce Lee (también Seattle), John F. Kennedy (Washington) y Jim Morrison (París).

82.- Pasear por Barcelona, España, y conocer el templo de la Sagrada Familia. Aunque toda la ciudad me intriga.

83.- ¿Que no lo quiere todo el mundo? Conocer Machu Picchu. Aún más que las Pirámides de Egipto. Ah y ya tengo el placer de haber conocido Chichen Itzá.

84.- Beber en un pub escocés (o inglés). Sí, en Escocia.

85.- Comer serpiente de cascabel. En una ocasión, manejando por Miami, llegamos a una de esas tienditas al lado de la carretera y la vendían con latas de atún. Eso fue hace 15 años y aún tengo la intriga de saber a qué sabe. Eso sí, que sea legal y que me digan que las serpientes no están en peligro de extinción. ¡Hasta hay recetas! Quería también en algún momento probar aligator (o caimán) del Missisipi, pero creo que aún está en la lista de animales amenazados. Así que no.

86.- Pescar una aguja o un pez vela. Total, siempre los devuelven. Esa sería la condición. (Claro, y que no me arrastre consigo…)

87.- Viajar en globo.

88.- Caminar con mis hijos agarrado de las manos.

89.- Pasar una tarde entera con mi ahijada.

90.- Entrevistar a Jorge Drexler. No hay un músico que me parezca igualmente talentoso, humilde, auténtico y buen conversador. Y evitaría preguntarle sobre “Al Otro Lado Del Río”. Prefiero “12 Segundos de Oscuridad”.

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91.- Pedir matrimonio de manera memorable. Algo tipo cuando Chandler le pidió a Monica, o la escena en Step Mom. Sí, así todo gallote, I don’t care.

92.- Conocer Bogotá y Cartagena de Indias.

93.- Viajar a las sabanas del Serengeti en Kenya para un safari fotográfico.

94.- Quizá el más superficial de todos, pero tener una consola propia. Preferiblemente un Playstation 3, pero cualquiera.

95.- Dormir plácidamente durante 12 horas. BONO: abrazado a mi esposa.

96.- Ver a mi hij@ dormir.

97.- Entrevistar a mis dos críticos de cine favoritos: Roger Ebert o Peter Travers. Aunque no lo crean, por proyectos inmediatos, esto quizá suceda muy pronto. Quizá.

98.- Aprender a bailar salsa. Tengo el concepto básico pero hasta ahí. ¡Eso no puede ser, chico!

99.- Conseguir el autógrafo de Stephen King. (Para los que me conocen, era como obvia, ¿no?)

100.- Y para cerrar hago trampa, pues esto es algo que NO quiero hacer antes de morir: morirme antes de hacer al menos la mitad de todas estas cosas.

Nada más me tomó cuatro días… ¿Cuántos te tomará a ti? 🙂

Carta de este bloguero al Niño Jesús


Con aquello de que todo es ahora digital, espero que tu Papá te preste la computadora para leer lo que te pido. (Pero si no, ¿me vas a decir que no lo vas a poder leer? ¡Sí Luis, digo, Jesús!)

Me has llenado de bendiciones este año, repitiendo muchos de los regalos de años anteriores (mi familia, la novia), pero sabes, uno es inconforme. Así que voy a hacer un esfuerzo SUPREMO por pedir poquito para mí, bastante para los demás.
Quiero que dejemos de ser un poco menos egoístas, un poco más conscientes de los demás.

Quiero que pensemos más en el beneficio de todos más y no tanto únicamente en el beneficio propio.
Quiero que la mitad de lo que los niños del mundo piden en regalos se le conceda en el doble a los niños más pobres de mi país.
Quiero que el amor que un niño demuestra a su madre se contagie en partes iguales a todos los venezolanos.

Quiero un perrito para cada familia que tenga un poco de tristeza.

Quiero un pajarito en la ventana de cada niña que se despierta soñando con el día.
Quiero otro pajarito para la ventana de cada viejo que no quiere levantarse más.
Quiero una flor para cada mujer engañada.
Quiero un corazón para cada hombre engañado.

Quiero una sonrisa en el rostro de todos los padres orgullosos.

Quiero una conciencia en cada político deshonesto.

Quiero un aplauso para cada político honesto.

Quiero más cines que buhoneros…

Quiero más buhoneros que ladrones.

Quiero menos angustias para mi familia.

Quiero más familia para mí.

Quiero desearles a todos los presentes, la más feliz y próspera de las Navidades, que todos los que puedo continuar llamando amigos consigan todo lo que se proponen para el año entrante.

¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!

¿Qué es eso?

¿Qué es esa sensación que tenemos?

Puede ser lo que se siente al final de una larga batalla, una en que, como todas, hubo bajas, heridos, traumatizados y locos. Pero la batalla fue tan larga que nos acostumbramos a ella —y ni nos dimos cuenta que terminó.

Puede que sea eso que llega cuando cierras un libro de suspenso particularmente bueno: sentiste taquicardia en cada página, diste gracias a Dios cuando llegaste a la última página, pero también te diste cuenta que no querías que terminara.

O puede que sea el sentimiento que queda cuando te bajas de la montaña rusa, cerca del momento en que el parque cierra: te quieres volver a montar, pero sabes que no puedes. Y al día siguiente, viajas fuera del país y no sabes cuándo vas a volver.

¿Qué es esa sensación?

Es lo que queda después de un trabajo bien hecho, gente.

Es lo que sientes cuando miras para atrás y recuerdas todo lo malo y buenas:

  • El susto justo antes (¡y después!) de los exámenes de la profesora María Soledad.
  • Las risas de Kate y Jorge.
  • Las quejas de Karen.
  • El terror de las clases de Estadística.
  • El radicalismo de David. (¡Sabes que sí!)
  • El temor de que un profesor (en particular) nunca viera las cosas de la misma forma que tú.
  • La incapacidad de silenciarse de Ana Melissa. ¡Y eso es algo bueno!
  • El show de Max” (seguida por el estrés de esa evaluación…)
  • Lo ácido de Teresa.
  • La increíble precisión en las separaciones de la pizarra del profesor Navarro.
  • Las tres palabras que Carlos dijo a lo largo de la carrera.
  • Lo que diga Alejandra Valdivieso ese día.
  • Cualquier cosa que salga de la boca del profesor Ezenarro.
  • La paciencia del señor Gustavo.
  • Lo “fascinante” de Jerry O’Sullivan.
  • Los buenos días de Ivia y Libia…
  • Lo “malo, malísimo, malisisímo” de Lisbeth Lira.
  • El criollismo de José Alberto.
  • La “guiatura” en las clases de Juan Ernesto Páez-Pumar. ¡Cómo contribuyeron!
  • La fiesta de inicio de mención.
  • Las historias familiares del profesor Marcelino Bisbal.
  • La espera por las notas de Gerencia de Comunicación. Diooooossssss….

Y un largo etcétera.

Pero ahora que estamos listos para poner todas esas cosas en el proverbial baúl de los recuerdos, lo que nos queda es una enorme satisfacción, de saber que dimos todo lo que podíamos —hasta un poco más— y logramos terminar la tarea.

Nos queda una enorme felicidad de saber que tenemos un título universitario de una de las mejores universidades del país.

Nos queda la expectativa de ese acto en marzo, cuando muchos recibiremos ese título con lágrimas en la cara.

Nos queda la nostalgia de tantas cosas buenas que sabemos que no se van a repetir, como las conversas en el cafetín o la feria, las tumbadas en el jardín, los desayunos en posgrado.

Nos queda aún la tristeza de saber que no nos veremos con la misma frecuencia.

Nos queda la lástima de no resolver cualquier conflicto que quedó abierto (si lo hubiera).

Pero sobre todo…

Nos quedan muchas batallas por librar. ¡Que ganar!

Gracias por cinco increíbles años, compañeros y profesores. Todos me han hecho un mejor hombre de lo que era.

Y a pesar de los chistes evidentes: ¡UCABISTA JUVENTUD!

Sueña otro sueño / Pues este sueño se acabó.

Van Halen

"Fuiste una escuela": Adiós a Loscher (y II)

El 15 de mayo de 2007 fue quizá uno de los días más extraños de mi vida. Ciertamente prometía ser uno de los más sensibles, por aquello de todo lo que implicaba. Resulta que ese fue mi último día –al menos en mucho tiempo– que sería profesor de inglés. Algo a lo que me había dedicado durante seis largos años.

Hubo ciertas cosas que no cambiaron: tuve un examen, y de cuatro que presentaron, tres tendrán que repetir el nivel. Pero ya mientras se iba acercando la hora de las seis de la tarde, sentía que algo cambiaba en el ambiente. Por lo menos Alex Millán no se había ido, y él parte raudo y veloz a las 4:30. Eso ya es rarísimo. Cuchicheos bajos, alumnos antiguos corriendo a verme y despedirse de mi. Ya eso me empezaba a poner mal.

Y de repente, 5:50. Ernesto Müller, uno de los más nuevos, me pide que vaya para allá. Y por Dios, todos se reunieron a mi alrededor. No voy a repetir lo que me dijeron, primero porque me emociona mucho, y segundo porque suena a falta de humildad. Sólo sepan esto: moquée como una niña después.

Lo que sí me di cuenta es que durante estos seis años descubrí a unos seres humanos de sentimientos muy nobles y auténticos amigos, que apreciaron las cosas que hice por ellos y me aceptaron sinceramente. También descubrí que mis esfuerzos, quizá no apreciados por muchos de los alumnos más jóvenes, sí dejaron algo en mis colegas. Por eso, por todas sus palabras, gestos, su compañía y sobre su amistad, espero que sepan que les estoy y estaré por siempre agradecido.

A ustedes, alumnos, que lean esto, les divido en dos grupos. Primero, con los que siempre peleé y regañé. Ustedes aún no tienen la madurez (caso de los chamos) o la disposición (caso de los mayores… es contigo, DOCTORA YAMILET) para entender que, no importa lo que hagan con su vida, o lo que ya han hecho, el manejar inglés siempre será algo esencial, pues invariablemente se traduce en mejores sueldos. A los más jóvenes, quiero que piensen largo y tendido cuándo dejarán el momento en que se podrán preparar para su futuro: cuando estén atiborrados de trabajo, posgrados, maestrías, niños, muchachos y demás, o ahorita, que aún pueden dedicarse a adquirir una herramienta que les va a servir para los mejores sueldos. A los mayores, sólo les dejo esta pregunta: ¿realmente creen que, aún cuando han llegado a este punto de su vida sin el inglés, podrán estar el resto de su vida profesional sin él?

Y a los alumnos con los que peleé menos o no lo hice: durante seis años atendí sus necesidades como siempre pensé que sería la mejor manera de hacerlo. A veces fallé, muchas veces lo logré, y en otras pocas en efecto animé a alguien lo suficiente para que buscara ser bilingüe. Siempre seguí mi conciencia, y eso creo que es lo mínimo que ustedes se merecían. Si en efecto les enseñé algo, espero que nunca me olviden, pues yo los recuerdo a todos y cada uno de ustedes.

And to all my very dear, and close friends that are still in Loscher: you were all my brothers, my dad (that’s you, Carlos), my uncle (that’s you Luis) and my granpa (you know who you are, don’t ya?), and I learned tons from each and every one of you, as much as you think you learned from me. Ypou’re all forever in my heart, and I will miss not seeing you guys every day. (Not the work, though…) Take care, all of you, and God bless you.

Navidad… "dulce" Navidad

Ayer hice un pequeño acto de locura, dadas las condiciones en que está mi querida Caracas: fui al Sambil. Oh, sí. Al Sambil. El centro comercial “más grande de Venezuela”, el día antes de la Nochebuena de Navidad. No, no es que esté chalado, mal de la cabeza, frito. Una amiga cumplió años el viernes y lo celebraron en Chili’s. Sí, yo pensé lo mismo: ¿acercarse al Sambil el 23 de diciembre?

Bueno, la cita era a las dos, de modo que decidí llegar allá a las doce. Si no, entrar iba a ser un absoluto caos. Me quedan las experiencias del año pasado. Y estoy seguro que era uno de los pocos que iba a entrar al mall de las torturas sin estrés encima. Y Dios, cómo tenía razón.

Para aquellos que estén extrañados, pasa que precisamente como el Sambil es tan grande y tan completo, TODO el mundo encuentra de todo allí. Ciertamente toda la clase media de Caracas va allá. Las colas alrededor de las cinco de la tarde en sus alrededores son de tomar palco. He oído historias de terror sobre gente que dio a luz a sus hijos en una cola decembrina llegando al estacionamiento. Hijos que habían engendrado allí en el carro. Que después manejaban el carro para entrar al estacionamiento. Pero creo que exageran.

Hablando en serio, no es extraño que haya una cola de al menos una hora para entrar al sitio. Y otra hora para salir, si eres de los locos que se deciden quedar todo el día hasta las once de la noche para salir. En fin, es muy práctico comprar en el Sambil, porque realmente lo puedes conseguir todo. Pero hay que hacerlo planificado.

Ayer, como tenía tiempo de sobra, decidí recorrer los pasillos de dicho establecimiento a ver la gente. Y debo admitir que quedé asombrado. Vi gente que pacientemente hacía una cola de casi media hora para pagar por sus compras en la librería más grande. Vi mujeres peleándose por la ropa en la tienda Zara. Y la gente tenía estas caras de estrés como maldiciendo cada instante de su vida, odiando la Navidad y todo lo que significaba.

Y yo digo, ¿es que yo soy anormal? Yo empecé a comprar en Noviembre, y compré mi último regalo el viernes en la mañana (¿o fue el jueves?). Yo odio estresarme, odio una cola, odio la idea de hacer una cola. Yo no sé nada que esta gente no sepa, vivo en la misma ciudad. Y hay gente acá que se ha calado este ritual varios años seguidos. ¿Por qué?

Yo tengo mi propia teoría, pero eso es para otro día. Mientras tanto, queridos visitantes, lectores consecuentes, amigos y desconocidos, reciban de parte mía el más sincero, cordial y feliz abrazo, con mis deseos de una muy Feliz Navidad para todos ustedes.

¡FELIZ NAVIDAD!