La lección de Barbados y Jamaica

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La inflación en el país ya es básicamente un caballo desbocado. Cuando me hablan de las reservas internacionales, me imagino una bóveda gigantesca donde lo que más hay es un eco. Piensen en cuánto hemos rebajado los venezolanos. Y en cuánta seguridad jurídica y personal hay para un empresario o comerciante.

Y sin embargo, cuando le pregunto a mi jefe, un distinguido político, conocedor en materia agrícola, y a uno de sus más cercanos aliados, un economista radicado en Maracay, estado Aragua, que quién verá primero una economía estable volver a Venezuela, los dos me dan respuestas casi exactas, que puedo traducir así: “No chico. La economía, con las medidas correctas, se corrige en cinco años. Ocho máximo”.

Perdón, ¿qué?

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Los Tres Momentos (y uno de ñapa)

Por diversas circunstancias, hoy recordé una conversación que tuve con un taxista camino a un rumbo que no quiero acordarme.

Era un chamo de 37 años (sí, a esa edad uno aún es chamo, y a los 40 también), y era por estas fechas, porque recuerdo que empezamos a hablar de hijos y paternidad. Empezamos riéndonos porque su hija le había regalado una cartera semanas antes, y el pobre iluso pensó que le iba a salir doble regalo. Cuando la niña –“una tarajalla de diez años, tan alta como yo, salió a mi esposa, que también es una caballota”—no le entrega nada el propio Día del Padre, ella se defiende diciendo que “mamá no me dio plata”.

Al saber que tiene diez años, le confieso que yo a la vez quisiera tener una hija –UNA—y a la vez hay pocas cosas que me aterren tanto. Yo siempre me he caracterizado por ser muy protector: de mis amigas, de mis novias, de mi esposa, carajo, hasta de extrañas en la calle cuando algún animal le dice algo al pasarle al lado. Entonces tener una hija implica un nivel más alto de protección, porque mientras que con amigas uno lo hace por caballerosidad, con las novias por caballerosidad y la esperanza de sexo por agradecimiento, y con las esposas por caballerosidad, sexo por agradecimiento, deber y bueno, porque no nos queda otra, con una hija es deber y amor puro y sencillo. Le comento a mi taxista que por eso temo la llegada de Los Tres Momentos, esos instantes de la vida del padre de una hembra que te das cuenta que tu linda bebita, que hace nada usaba colitas a los lados de la cabecita y usaba faldita está por convertirse en mujer. Saben cuáles son, si son de esos padres; vienen acompañados de estas tres frases:

  • “¿Papi, cómo me queda esta falda/traje baño?” (Seguido por una pose en una prenda que (en el caso A) deja algo a la imaginación, pero no mucho, y (en el caso B) tiene menos algodón que una botella de aspirina.)
  • “Papi, ya vengo, que voy a salir un rato”. (Usando la anteriormente mencionada prenda A.)
  • “Papi, te presento a mi novio”. (Que probablemente conoció usando la prenda B.)

El chofer se ríe, pero esa risa que uno sabe que cualquiera de esos momentos puede llegar en los próximos cinco años –quizá menos. “Al ser tan alta”, me cuenta, “se la pasa con las amigas de sus primas mayores, las que tienen quince años o más. Entonces me preocupa que me la vayan a sonsacar. Sus compañeros ya me dicen suegro, a veces. Ella llega y se mete con ellos, y me dice, ‘mira papá, este te está diciendo suegro’, y yo me meto con ellos. Pero igual…”

Su tono cambió ligeramente mientras me echa el siguiente cuento. “Píllate esto: el otro día ando echándome una partida de dominó por allá en [nombre de pueblo en Miranda que no recuerdo] con los panas. Dos de la mañana. Y de repente alguien me abraza por detrás y me dice ‘¡Tiiiiioooo!’ Volteo, y es la sobrina mía, con unos amigos. Yo me le quedo mirando, veo el reloj, y le digo, ‘Muchacha, ‘¿y qué haces tú, con 17 años, por ahí a las dos de la mañana?’ Se molestó, y al día siguiente se lo cuenta a la mamá, mi hermana. No te pierdas esta vaina: al día siguiente la mamá me llama y me dice: ‘Mira, ¿qué haces tú rayando a mi hija por ahí? Yo le di permiso que saliera, tú no eres su papá para que le estés preguntando que qué hace ella afuera a esta hora”.

Tomó aliento, y siguió contando. Yo a la vez no podía creer lo que escuchaba ni tampoco me extrañaba; me acordé mucho de esta caricatura. “Ahí le monté la cruz. Le dije, ‘mira, si esa carajita sale preñá, o muerta, o anda de puta tirando por ahí, y encima la dejas, ese no es peo mío. Yo lo que hice fue preguntarle que qué hacía por ahí a esa hora, más nada. Lo único que te voy a agradecer es que no se acerque a mi hija’. Y más nunca, ya ni va a las reuniones, ‘porque lo único que hacen es criticar a mi hija’. La carajita tiene su cuerpecito y tal, pero ya anda con un novio ahí medio malandrito. Hasta amenazó al papá, un día que le reclamó que anduviera con semejante malandro; le dijo ‘oye papá, pero cómo se te ocurre, ¿qué haces si se entera que le estás diciendo así, y viene a reclamarte?’ Mira, hermano, esa es la raya de la familia, en serio”.

El resto del camino anduvimos en silencio, yo con una mezcla de orgullo y pena que el hombre se haya expresado tan abiertamente con un taxista –otro momento en que me di cuenta que no erré mi vocación—, él sin duda preocupado porque su hija terminara así. En un país donde tener 17 años en ciertas zonas del país es ya acercarte al final de tu vida, justo cuando empieza, y donde las mujeres se activan sexualmente cada vez más temprano (¿quién le decía a ese pobre hombre que su hija no había empezado ya? Ciertamente yo no), era imposible para él no preocuparse. Antes de dejarme en mi destino, compartió su perla de sabiduría paternal: “Yo le digo, ‘dedícate a tus estudios y a ser buena persona. El novio vendrá cuando tengas tiempo para buscar novio y tengas la conciencia de lo que es un novio’. Y bueno, espero que me salga buena, pues”.

Lo que hizo acordarme de esa conversa –de hecho me impresiona que la haya recordado tan bien—fue algo totalmente distinto. Estaba sentado en un café, cuando empiezo a escuchar la pareja detrás de mí en acalorada discusión. Yo me esforzaba por poder estar con Stephen King y mi café, pero era tan airada la diatriba que aún los consejos de escritura del maestro de lo macabro se quedaban cortos. Esa discusión la recuerdo menos que la de mi amigo el taxista, pero sí recuerdo las frases “Bueno, tú me tienes arrechera por lo que pasó, pues yo te tengo más arrechera a ti por lo que hiciste”, o “¿Ah entonces me estás diciendo que no tenemos vuelta atrás, Pía? ¿Es eso lo que me dices? ¿Que ya la cagamos?”, además de las palabras “abogado”, “separación” y “ajuste de cuentas”. Y esta no era una pareja de noviecitos; eran personas en sus cuarenta largos, quizá hasta cincuenta, en el caso de él. Luego de varios minutos sólo escuché la silla de él moverse y él mismo irse furioso, lo que me dio cierto nivel de alivio pues estaba casi seguro que iban a llegar a las manos.

Vi en ese momento un matrimonio derrumbarse de manera muy pública, a la vez que recordaba un hombre tratando de asegurar al producto de otro que parecía haber prosperado. Los dos eventos me hicieron darme cuenta, una vez más, de lo frágiles que son las relaciones humanas, del gran amor que pueden tenerse en un momento que puede derrumbarse años, meses o hasta días después (en ese caso, nunca fue amor). Y así añadí otro Momento a los tres originales, uno que sí  espero nunca llegue a escuchar:

“Papi, ¿mamá y tú se van a separar?”

No lo vamos a ver todo en la vida. ¡GENIAL!

Kottke.org es una de esas paradas obligadas en mi ritual de lecturas online en lo que entro al ciberespacio. Es una colección de posts muy breves (en su mayoría), tratando más que nada con artes liberales: muchos enlaces a The New Yorker, pensamiento crítico, liobros, lectira, videos (y también trailers de algunas películas, comentarios sobnre series como The Wire y Mad Men, recomendaciones a otros blogs y jueguitos Flash para perder el tiempo productivamente). Me encanta al más allá, en serio.

Una de sus últimas entradas mostraba este enlace del blog Monkey See del sitio de la Radio Pública Nacional (NPR) de Estados Unidos (un ejemplo de cómo decir un medio público, en serio… es que creo que ni la BBC). El título es “El Triste y Hermoso Hecho de que Nos Vamos a Perder Casi Todo”, por Linda Holmes. ¿La versión corta? No lo vas a ver/leer/probar todo… ¡gracias a Dios!

Yo tengo tres libros que sugieren cosas que son tan vitales que si se te ocurre perdértelas antes de enfrentarte con el Creador, tu vida habrá sido incompleta. Como se supondrán, son 10001 Películas que Ver, 1001 Discos que Escuchar y 1001 Libros que Leer Antes de Morir. Holmes saca la cuenta de cómo sería esta hazaña si te limitas sólo a libros: si tienes 15 años, lees dos libros a la semana y lo mantienes hasta que tengas 80 años, eso quiere decir que para ese momento habrás leído 6.500 libros. Claro, está el pequeño detalle que en esos 65 años, seguirán saliendo libros, así que…

Yo soy así. O al menos lo era antes de volverme adicto a Internet. Yo me leía no dos, sino a veces tres libros a la semana. Cien Años de Soledad me lo bebí en cinco días la primera vez, semana y media la segunda. Bag of Bones de Stephen King, en cuatro días. Pero Don Quijote aún no me lo he leído. El único libro de Mario Vargas Llosa que he digerido ha sido La Fiesta del Chivo. Sólo he leído una novela de Miguel de Unamuno (Niebla) y una sola de Camilo José Cela (La Colmena, por supuesto). No he terminado ni Crimen y Castigo ni La Guerra y La Paz; no he leído nada de John Updike, Franz Kafka, J.D.Salinger, Truman Capote o ninguno de la Generación Beat.

¿Y el cine? Yo me hago llamar de cinéfilo (por algo tengo un blog de cine) pero mis puntos ciegos en ese aspecto son grandes. ¿Expresionismo alemán, tipo Nosferatu o El Gabinete del Doctor Caligari? Nanay. ¿Obras de Luis Buñuel? Nopi. Joder, ¿cine mudo? Ni una. No vi Apocalipsis Ahora sino en agosto, no vi It’s A Wonderful Life sino en diciembre… Y para no aburrirlos mucho, mejor sólo les menciono que, en cuanto a música, el último disco que compré fue Rock N Roll Jesus de Kid Rock… en 2007.

¿Ven a lo que me refiero? Y eso que no he cubierto mi lista de 100 cosas que quiero hacer antes de atravesar las Puertas Doradas. Y la simple realidad que debes afrontar es esta: a menos que te la des de James Franco y quieras hacer dos millones de cosas a la vez, no hay tiempo ni mucho menos fuerza para ver todo el espectro cultural que el universo decide parir en cualquier momento dado. Sencillamente no se detendrá para que te de tiempo de consumirlo. Y eso está bien, dice Holmes.

Es triste, pero también es… grandioso, de verdad. Imagínate si hubieras visto todo lo bueno, o si supieras de todo lo bueno. Imagínate si de verdad adquirieras todas las grabaciones y libros y películas que “deberías ver”. Imagínate si lograras pasar por las listas de todo el mundo, hasta que todo lo que no hayas leído realmente no necesitara leerse. Eso implicaría que todo el valor cultural que el mundo ha logrado producir desde que una gota de masa primordial agarró un violín es tan pequeña e insignificante que un solo ser humano se lo podría tragar en una sola vida. Eso nos haría fracasos, creo yo.

Así, nosotros los cultoadictos tienen dos opciones: o nos amargamos y nos limitamos a las comiquitas de los periódicos o estamos pendientes de consumir lo bueno que viene en nuestra dirección. Tomemos un camino poco transitado; leamos un libro basado sólo en su portada; veamos una película que no nos llama nada la atención. Si quieren guías, compren esos libros que mencioné, busquen las listas de “lo mejor del año/década/historia/última hora” que abundan en línea.

Pero sobre todo, nunca dejen la curiosidad y de tener una mente abierta. ¿Se acuerdan del experimento del violinista? Hay cosas hermosas ocurriendo a nuestro alrededor que nos estamos perdiendo ahora mismo. Escoge lo que te gusta o lo que te llama la atención, y búscalo. No quieras consumirlo todo; sólo estáte alerta en consumir lo bueno.

Cambios, lecturas y plumas

Panteón Nacional. Foto mía.

Fue el hombre de las palomas quien finalmente me convenció.
Puede que lo sepan o no: desde el 1° de marzo estoy en un nuevo trabajo, luego de casi cuatro años en El Nacional. Es u  cambio que nunca pensé hacer, y es tan radical un cambio como el que haré más adelante este año, cuando contraiga nupcias (sí, decir “casarme” sonaba menos elegante en el estado mental en el que estoy ahora).
La felicidad que sentí cuando recibí la oferta de trabajar en la página web de El Nacional en julio de 2007; arranqué a trabajar allí un mes después. Sólo es comparable con la que sintió mi madre cuando supo que iba a trabajar ahí, un periódico tan cercano y querido para su corazón.
Aunque eso es un eufemismo. El Nacional  formó una parte importante de la vida de mi madre y su familia cuando crecía. Mi abuelo Pablo Rojas Guardia, de quien ya he hablado antes, era amigo de Miguel Otero Silva, fundador del periódico, y era frecuente contribuyente durante los  años 40, como aún lo es su hijo, mi tío y padrino, Armando Rojas Guardia. Él, mi madre y sus dos hermanas aprendieron a leer con El Nacional, al igual que lo hice yo. Leer el periódico era parte de mi desayuno cuando tenía un estilo de vida menos atorado que el actual, y era impelable sentarme con mi madre a leerlo los domingos. De hecho, cuando me fui de mi casa hace poco más de un año ya, inicié la costumbre de ir a un kiosco a unas dos cuadras de mi casa en las mañanas para proveerme de su acostumbrada dosis de noticias y opinión y comiquitas e interminables panfletos publicitarios.
Cuando me fui, me fui por un trabajo mejor pagado, una mejor posición laboral y un ambiente de trabajo más distendido. Pero más que sentirme particularmente contento —como estoy ahora— sentía una extraña tristeza burbujeando bajo la superficie. Me fui muy tranquilamente, con una relación generalmente buena con la empresa, aunque mi desempeño no haya sido necesariamente el mejor. Pero lo único que puedo decir es algo parecido a lo que dije cuando entrevisté a Alfredo Escalante: hay que tener cuidado cuando conoces bien a tus ídolos.
El día que empecé en mi nuevo trabajo se podía ver que esto iba a ser un notable cambio en mi vida. En primer lugar, estoy en el centro de la ciudad, muy lejos del este de Caracas donde he tenido todos mis trabajos más importantes (hasta ahora). En segundo lugar, el centro siempre ha tenido una mezcla de “tierra sin ley” y monumento histórico que me ha mantenido alejado durante mucho tiempo de él; yo sólo venía aquí para registrar mi título, acompañar a una ex al CNE, o de niño a visitar la Plaza Bolívar. Ahora camino todos los días por esa plaza, la Catedral, el Museo Sacro, el Palacio de Gobierno del Distrito Capital (saben, lo que alguna vez fue la Alcaldía Mayor)…
Ardilla en la Plaza Bolívar. Foto mía.
Y ahí vi al hombre de las palomas.
No tengo idea quién es, pero debe trabajar por ahí cerca. Le calculo unos cincuenta años, alto, con un amplio bigote salpicado por canas. Siempre viste de jeans, una camisa ni vieja ni nueva, y una gorra beige. Las patas de gallo en las comisuras de los ojos revela que es un tipo que vive riendo. Si ustedes tuvieran la relación que este pana tiene con los animales de la plaza ustedes también vivirían pelando los dientes.
El primer día que lo vi, me llamaba la atención porque, mientras que las palomas y las ardillas de la plaza ya están tan acostumbradas a la gente que una ardilla un día simplemente se me acercó como si nada porque por lo visto algo en mi postura le decía “tengo comida” —para luego alejarse con una actitud muy parecida a la que sentía en el colegio y le buscaba conversación a la chama equivocada—, a este señor lo inundaban. Una valiente amiga se paraba sobre su cabeza, mientras que no menos de sesenta lo seguían como las ratas de Hamelyn. Igual las ardillas: en lo que sabían que estaba cerca d su árbol, al menos cuatro bajaban de las copas de los árboles pendiente de un manicito, una mandarina, lo que sea que este señor le fuera a ofrecer.
Viéndolo, siempre pendiente de tomarle una foto (pronto, pronto) olvidé lo que una vez leí que decía que las palomas son de los seres más egoístas que existen, buscando en todo momento fuñirle la vida al vecino con tal de tener más comida, a la vez usándolos como escudo por aquello de “seguridad en números”. Olvidaba que las ardillas son territoriales y, con todo lo adorable que parecen, muerden duro y frecuente. Más bien me inundó una especie de fascinación infantil, un mundo de maravillas que uno sólo ve si está pendiente del mundo que te rodea. Me hizo acordarme de una historia que escuché sobre un violinista que, como parte de un experimento del Washington Post, tocó un día en el metro de Washington, para ser ignorado por todo el mundo, excepto una persona: estamos tan absortos en nuestra vida diaria que a veces no vemos las cosas buenas que ocurren bajo nuestras narices.
El hombre de las palomas no sólo me hizo darme cuenta que mi vida está radicalmente distinta de lo que estaba hace un año —me hizo darme cuenta que mi vida está en un muy buen sitio este año. Y estoy agradecido por todo esto.
Tengo que entrevistar a ese pana.

Hello world! ¡Bienvenida!

Hace una hora que esperaba. Su comadre y yo chateábamos por Gtalk. Y algo muy divertido sucedió: a las 2:06 de la tarde, ambos celulares recibieron un mismo mensaje. Y sin darnos cuenta, ambos nos enviamos las mismas dos palabras:

Ya nacioooooo!!!

Sip. Realmente nos llegó un tiempo tarde, obviamente, pues nació a la 1:49, pero qué importa. Llegó esta nueva personita a mi vida por vía de un querido amigo que me dio el honor de nombrarme su padrino. Espero que Dios me de la sabiduría para ayudar a guiarla a ser una persona de bien, y que me ayude a educarla una buena cristiana.

Me aterra el hecho de tener esa responsabilidad, pero bueno, lo veré como preparación a mis propios hijos.

Así que… bienvenida al mundo, María Gabriela Torres Prato. Trataremos de que su estadía sea lo más placentera posible. 🙂

Nadie entrega mejor… CUANDO LES DA LA @#$%& GANA

Es triste — triste— cuando una de mis compañías favoritas comienza a decaer lenta pero seguramente, aunque para ser absolutamente justos, es una sola tienda. Por eso, atención Caracas: hay una tienda de Domino’s Pizza que está PATÉTICA.

Hoy fue el único día del mes que pude tomarme libre. Mis días libres los dedico no tanto a descansar, sino a hacer diligencia. Por consiguiente, hay que medir el tiempo con cuidado. Mala idea en este país, donde muchas veces hay que depender de las personas menos confiables. Bien. Respiro profundo. Implicaba uno de los viajes llevar a mi novia en su carro a su universidad para que pagara el semestre.

Llegué a las 11:30, pero ella tenía hambre, entonces decidimos mejor ir a la tarde después de almorzar. Eso debía ser a las 2. Ergo, para ganar tiempo, a las 12:35 pedimos la pizza. A Domino’s de La California. Mi primera señal de alarma debió ser que cuando le dije a la muy ladillada operadora que iba a pagar con tarjeta, la señorita hizo una expresión de preocupación. Aunque en realidad debió ser hace mucho tiempo, cuando me hicieron la gracia de traerme la pizza veinte minutos tarde “porque sólo tenemos un motorizado”. Eso fue hace un año, más o menos, y otra vez hace cuatro meses. Un rayo no cae dos veces en el mismo lugar; mucho menos tres, ¿verdad?

Nos sentamos a esperar. Ya no llovía como en la mañana; hacía un sol hermoso. En ningún momento me dijeron que la traerían en más de 35 minutos. Esperamos. 1:10. Ya se pasaron un poquito de la hora. Vamos a darles cinco minutos más. Pasaron diez minutos. Nada que llega. Llamo.

“Gracias por llamar y preferir a Domino´s Pizza La California. Arma tu equipo, y disfruta de la Eurocopa con Domino’s. Compra tres y paga dos. Así todos ganamos. Les habla (¿Yusleidy?), ¡en qué lo puedo ayudar?”

Esto dicho con todo el entusiasmo de una vaca preñada y con reumatismo. Lamento la vida que tiene que llevar. ¿Cuántas veces al día tendrá que repetir esa vaina? Pero ahora no quiero compadecerla. Quiero mi pizza.

“Señorita, buenas, yo pedí una pizza hace un poco más de media hora”, digo. “¿Podría averiguar qué pasó?” Me pide mis datos. Se los doy. Verifica mi pedido. “Señor, ya su pedido salió. Debe llegar en breve.”

“¿Pero por qué se está tardando?”

“Ay señor, es que sólo tenemos un motorizado.” What? ¡Pero si ya eso lo esuché yo hace un año! Tal cual se lo hago saber. Y la niña hizo lo peor que puede hacer alguien que atiende un cliente: dijo la verdad. “Ay señor, disculpe, es que los jueves y los viernes nos faltan los demás, y sólo viene uno…”

Mi silencio habló volúmenes.

Cuelgo, y esperamos. Una y veinte. Una y media. Una y cuarenta. UNA Y CUARENTA Y CINCO. Una fiera hambrienta los vuelve a llamar. Juré que si me volvía a cantar la retahila iba a llegarme hasta allá y hacerle tragar servilletas. Por suerte, ni me atendió ella, ni soltó toda su retahila. Fue un sencillo “Gracias por llamar a Domino’s Pizza…”

“Señorita, buenas tardes. Yo pedí una pizza hace UNA HORA Y MEDIA. ¡UNA HORA Y MEDIA! Yo sé que sólo tiene un motorizado, pero no tengo la culpa que todos los demás sean UNA CUERDA DE IRRESPONSABLES que les va a hacer quebrar el negocio. Yo exijo que mi pizza esté aquí en CINCO MINUTOS, que de paso ustedes SABEN que no voy a pagar para nada. ¡Dónde está mi pizza!” Una de las pocas cosas que agradecí de mi época en DHL: aprendí a ser un cliente odioso.

Después del esperado silencio incómodo, la mujer oootra vez me pide mis datos. Se disculpa de una forma “sincera”, y me pide que cuando llegue el motorizado la llame. Eso sucedió no cinco minutos después, sino quince. Dos horas después, mi novia y yo finalmente comimos de mal humor una pizza tibia pero gratis. Sólo hice la mitad de mis diligencias. Y juré que sería la última vez que esto me pasaría.

De modo que, señores de Caracas: si ustedes quieren comer pizza desde su oficina, la cual queda en el este de la ciudad, pidan en Papa John’s. Son igual de buenas, y en todo este tiempo no he tenido una queja. Domino’s sigue siendo mi preferida, pero nunca más vuelvo a pedir entrega de la tienda de La California. No digo esto para que quiebren, sino para que se ponga las pilas y solucione sus problemas. Si puede vaya y cómprela. O como ya dije, pida a Papa John’s.

PERO NO PIDA PIZZA AL DOMINO’S DE LA CALIFORNIA.

Cuando la mente simplemente se rehúsa a trabajar

La mente, cuando trabaja por instinto, es una traidora. Pero al menos da para momentos muy divertidos.

Yo admito ser medio distraído. Algo que atestiguarán mis amigos, aunque ellos, miserables, usen el calificativo “agüevoneado”. Trato de que no sea mucho, pero a veces el sueño y mi mente me juegan una mala pasada. Menos mal que yo me río de mí mismo y soy feliz.

Ayer, como a las siete y tanto de la amañana, una compañera de trabajo y yo estamos chateando. En una de esas, ella necesita decirme algo con su voz. “Dame tu extensión”, me pide. Algo que le he dado no menos de doce veces. “Jejejeje, te lo voy a tener que tatuar”, le escribo. “3334.”

“La TUYA”, me escribe.

¡Ay pero qué picada!, pienso yo. Pero tengo demasiado sueño y estoy de demasiado buen humor para realmente contestar. Lo único que le pongo son las clásicas sacadas de lengua. “:P 😛 :P” Y espero a que me llame y me mente la madre.

“Gafo, ¡que me des tu extensión, chico!”

Eso activa mi hueso de la joda. Ay, ésta quiere pelea. “Ah pues señor, te lo acabo de dar, TRES TRES TRES CUATRO.”

La respuesta no se hizo esperar. “ESA ES LA MIIIIIAAAAAAAAAAA!!!!”

¿Saben esos breves momentos cuando ven algo muy obvio y se olviden de cómo reaccionar? Pues eso me pasó. Me quedé mirando la pantalla como si me estuviera pidiendo que explicara la ecuación de Einstein. Luego simplemente me empecé a reír. Del tiro, ni le pude mandar la extensión sino un minuto después.

El incidente me llevó a una escena aún más inquietante de mi infancia/temprana adolescencia. Mi hermano tendría quizá diez años, y yo soy tres años mayor. Estábamos en la sala de estar de mi casa jugando Memoria. Como saben, el juego consiste en combinar tarjetas iguales que están puestas al azar sobre la superficie. Cada tarjeta está enumerada. Es decir tiene un número. Vean bien: NÚ-ME-RO. Es importante, créanme.

En una de esas, mi hermano parece perderse y me pregunta: “¿Chamo, por qué número vamos?”

Yo honestamente juro, hasta este día, que no le entendí. Obviamente ahora, me río a la vez que me preocupo. Pero mi reacción en ese entonces fue mirarlo extrañado y preguntar: “¿Que por qué no me lo vamos?”

Esa misma cara que ponen ustedes ahora la puso mi hermano. Y estamos de acuerdo que eso que pregunté para confirmar que había oído mal no tiene ningún sentido en ningún plano de la realidad. Se ríe, y me vuelve a preguntar: “No, chico, que por qué número vamos.”

Y yo aún no entiendo.

Le vuelvo a preguntar: “¿Cómo que por qué no me lo vamos? ¿No me lo vamos a qué?”

No estábamos al lado de una construcción. No teníamos música puesta. No estábamos a dos cuadras de distancia, ni siquiera cien metros. No, estábamos más o menos la distancia que está entre ustedes y su computadora, quizá un poquito más, a las tres de la tarde de un sábado, creo, en el más abosluto silencio. lo único que se oían eran los sonidos de mi mamá en la cocina. Mi hermano no es el ser más paciente del mundo; por eso merece un reconocimiento cuando, luego de mirarme como si en efecto perdí la chabeta, respira profundo y me pregunta otra vez. “No, Juanky. Que por qué NÚMERO vamos.”

Y ahí se solucionó todo. Y finalmente le entendí y le dije, “Ah ok, vamos por el…”

NO.

Aún no le entendía.

Es en serio. A gran riesgo de mi vida (los días en que mi hermano menor me iguala en tamaño pero me supera en masa muscular estaban todavía unos diez años o más en el futuro, pero igual el chamo era un tanto… apasionado en todo), estoy tratando de no parecer demasiado estúpido (y fallando miserablemente) cuando le vuelvo a preguntar: “¿Pero qué es eso de ‘por qué no me lo vamos’, chamo? ¡No te entiendo!”

Mi hermano simplemente no aguanta más. La vena en la frente que sería como una señal de alarma en el futuro se brota. Se pone rojo como el sol al atardecer e igual de caliente. está que llora, pero al mismo tiempo se ríe, convencido de que comparte los padres con un absoluto subanormal. Se para y me grita: “¡Coño, muchacho anomrmal, NÚMERO! ¡Que por qué NÚMERO vamos! ¡NÚMERO! ¡NÚMERO! ¡¡¡NÚUUUUMEROOOOOO!!! ¡¿Ahora sí me entiendes, coño?! ¡¡¡NÚMEROOOOOOOO!!!

Yo me le quedo mirando, entre asustado y muerto de la risa como estoy ahora. Y digo: “Aaaah, NúMEROOO. Ah, okeeey…”

Sencillamente no seguimos jugando ese día. Hoy, profesionales de treinta y pico de años, los dos todavía nos reímos del episodio. Y yo agradezco que algo haya impedido que me haya reventado un jarrón en la cabeza o algo.

Prueba de que, si uno se descuida, la mente simplemente se va a huelga. Así que mosca.

¿Qué es eso? (II)

¿Qué es esta nueva sensación que nos embarga a Jorge y a mí?

¿Qué es esa relajación en los músculos de los hombros, que ahora podemos caminar derechos y no encorvados?

Porque defendimos la tesis, papá. 🙂

Síp, es oficial: los dos mayores alumnos de la promoción 41ª promoción de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas están ahora en la dulce espera de que se les entregue su respectivo título con el hermoso escrito: “LICENCIADOS EN COMUNICACIÓN SOCIAL DE LA REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA”.

Estamos, obviamente, muy orgullosos de lo que logramos. La defensa corrió sin ningún contratiempo, y en vez de un terrible tomaydame de preguntas que hubieran puesto a llorar a éste que está aquí, se convirtió en una agradable tertulia de colegas sobre el papel de los blogs en el ámbito periodístico de este país. descubrimos que aún hay mucha tela que cortar y mucho trabajo que hacer, que espero que todos nos apoyen en nuestro plan de publicar la tesis como un libro que compren y contribuyan a que nos independicemos de nuestras familias…

Fue un último año académico muy hermoso, lleno de muy emocionantes experiencias y que conocí una gente muy interesante. Y el tiempo que tengo metido en la blogósfera me ha ayudado a encontrar un universo donde puedo ser yo mismo, y hasta me he encontrado gente que cree que tengo algo interesante que decir.

Y ahora que estoy finalmente ejerciendo como periodista, me doy cuenta de toda la responsabilidad que me toca por cumplir, todo el trabajo que aún tengo que hacer. Ese día de marzo, cuando llamen mi nombre para recibir mi diploma, créanme, se enterarán, porque el río de lágrimas de emoción llegará hasta el Zulia y más allá.

Y al pana mío le repito lo que dijimos antes:

¡¡¡MARICO LO LOGRAMOS!!!

Alea iacta est

Esa frase la dijo Julio César cuando cruzó el río Rubicón, desafiando al senado romano. “La suerte está echada.”

Un año de trabajo, cinco años de estudios, una vida de esperanzas, se deciden mañana en veinte minutos.

Mañana, mi pana Jorge y yo defendemos nuestra tesis, Papel de los Blogs en el Periodismo Venezolano.

Somos optimistas, cómo no; nos sabemos nuestro material, somos responsables, sabemos hacer exposiciones, nuestro tutor nos ha dado el visto bueno en más de una oportunidad, el jurado nos agrada (tanto como personas como profesionales) y no hemos tenido inconveniente.

Pero cuando tienes algo tan grande en tu vida, algo tan importante, no puedes evitar sentirte nervioso. Yo estoy seguro que esta noche ninguno de los dos dormirá las ocho horas completas, si es que dormimos. Mañana no podré ni comer. Mucho, mucho nervio…

A todos los que han estado pendiente e nuestro trabajo, muchas gracias. Ya en nuestros respectivos espacios les echaremos el cuento de cómo nos fue. Pendientes todos, y mañana será otro día.

Papel por café

El edificio donde trabajo es nuevo aún. Recién fue inaugurado en agosto de este año, hace poco más de un mes. Es impresionante, ciertamente, pero aún carece de ciertas cosas. La más notable de las carencias es un cafetín. Ojo, un comedor tiene, grande, amplio y frío con ganas y unos diez microondas. Pero no hay un cafetín donde uno pueda pedir comida o bebida, ya sea una chuchería o un simple vaso de café.

Lo que tienen en el “mientras tanto” son muchas máquinas expendedoras de chucherías y dos máquinas de Nescafé, una que funciona con billetes y otra con monedas. Son bastante convenientes (de hecho demasaido, me está empezando a doler el bolsillo…) y ya he hecho un hábito llegar y tomarme un café mientras empieza el día. Claro, hay un detalle: las miserables máquinas son eso, máquinas. Y como máquinas que son, las grandes @#€$%&*! amanecen algunos días… Bueno, una persona normal –como yo– diría que amanecen con desperfectos. Un bloguero que busque ser gracioso –como yo– diría que amanecen buscando pelea. Y coño, siempre la agarran conmigo.

Hoy fue uno de esos días. Llego a la máquina a las 6:45 de la mañana. Es día de Pico y Placa para mi carro, por lo tanto tengo que salir de Baruta antes de las 6:30. Al llegar, verifico que está prendida. Verifico que tengo un billete adecuado para ella, que me lo acepte. Verifico todo lo verificable al momento. Todo parece estar bien. Meto mi billete, y pido un capuchino de vainilla. Me sabrá muy bien con el frío de la oficina, pienso.

Y veo que no sale el vaso.

“Ay coño…”

Y veo el café salir, en un delicado chorrito, hacia la rejilla. Cualquiera diría que me lo voy a lamer. ‘Ño ‘e su máquina…

Voy, dejo mis cosas y vuelvo, y veo una de las vigilantes dirigirse a la máquina. “No tiene vaso”, le digo resignado. Me lo agradece y nos separamos.

Como a la hora, las ganas de tomar café son irresistibles. Pero veo a mi compañera vigilante venir y decirme: “Ahí está la muchacha del Nescafé, dile para que te regresen el café.”

Gloria. Voy a la máquina. Justo delante de mí hay un tipo de Diseño que le pasó lo mismo. Confrontamos amablemente a la señora en cuestión, que ya sabe lo que le viene y nos escucha pacientemente. Y luego nos recuerda que aún para algo tan humilde como un reclamo para café, en una empresa grande tiene que haber un procedimiento para todo. Fucking TODO.

“Ay amor, tienes que mandarle un correo a Servicios Generales y llenar la planilla de reclamo, luego me la traes a mí y yo te doy el café.”

Yo como que a la próxima compro mi café en el cafetín de enfrente.