Hay días en que hay que quedarse en la cama…

Una de las más extrañas paradojas en nuestra vida es esta: a todos nos gusta en mayor o medida el dinero, y en la misma proporción nos disgustan los bancos. Bueno, eso quizá es un eufemismo: hay quienes hacen lo imposible por no ir al banco, tanto que casi dejan que un cheque expire antes de cobrarlo con tal de no calarse la odisea de una cola, la desesperante monotonía de la campanita que suena mientras cambian los números, y no olvidemos que corres el riesgo de oír al amable o “amable” cajero decir: “Lo siento, señor, no hay línea…”

Lamentablemente, a menos que ustedes sean de los que tienen un colchón con extra seguridad o un cochinito muy fiel, eventualmente hay que ir al banco. Mientras no se pueda depositar un cheque por Internet, habrá al menos una cosa que tendrán que hacer en el banco. Y no, en el Federal también hay que hacer cola, ¡desengáñense!

Pues hoy fue algo digno de Lemony Snicket y su Serie de Eventos Desafortunados. Y todo giró en torno al bendito banco.

El banco más cercano está en un centro comercial (Unicentro el Marqués) como a veinte cuadras de mi actual trabajo. Como la falta de carné identificador me impide pararme en el estacionamiento del periódico, y la renta de 10.000 bolívares diarios es como mucha para mí, paré el carro frente a la casa de mi novia, que queda como a dos cuadras del Unicentro, de modo que me caminé las veinte cuadras. Llego al banco para abrir (me rehúso a usar la palabra “aperturar”) mi cuenta nómina. Si no les doy el número mañana, será tarde para que me depositen el último, y me tendrán que pagar e cheque, que a su vez implica ¿qué cosa? Oh sí. Una ida al banco.

Llego al sitio de marras, y parece quincena. ¿Qué diablos hace tanta gente aquí? Bueno, de todos modos voy a abrir una cuenta, no debería haber mucha gente haciendo eso… Tomo mi número. 940. “Tiempo de espera aproximado: 29 a 40 minutos.” Coñoooooo….

Bueno, a sentarme. Abro La Fiesta del Chivo, que lo he ido dejando por la tesis. A este paso lo terminaré en enero. Veo los números cambiar. Cuando veo que cambia de 932 a 933, sé que ya me toca. Camino, y veo que delante de mí hay una señora a la que le di clase. Veo que está confirmando todos sus requisitos, está preguntando nimiedades, y…

Ya va.

Esa es la copia de la cédula.

¿Yo no…?

Ay cooooñooooo….

Dejé los requisitos para abrir la cuenta en el carro.

Bueno, en lo que dejé de insultarme por lo idiota que soy, a volar al carro. Mentando la madre al mundo cada paso. Agarro los papeles y vuelvo.

Obviamente hay una familia entera sentada dentro del cubículo. Les pregunto, lo más amablemente que puedo, qué número tienen. 942, me dice la señora. Co… Veo que hay otro cubículo, y le explico al chamo. “Tiene que agarrar otro número, señor.” MERDE.

Ni modo. A agarrar otro número. Busco complicidad con la familia, y les pido que le digan mi caso a la muchacha que les atiende, antes de que llame a alguien más y yo no llegue para hacer lo que tengo que hacer. No hizo falta. Media hora después…

…me voy del banco sin abrir la fucking cuenta.

No pregunten por qué.

Llego indignado. necesito dulce. Pero estoy a dieta, coño. (Yo sí, ¿y qué, carajo?) Bueno, pero necesito algo. Cuando paro el carro, me compro tres barritas de Special K. Me como dos antes de llegar al periódico. Me siento a hacer lo que tengo que hacer, hasta que es hora de almorzar.

La máquina expendedora de bebidas me roba 2.000 bolívares.

Ya basta.

En resumen: la burocracia puede que haga al mundo fluir mejor.

Pero las úlceras que puede provocar hacen que yo a veces cuestione su existencia.

Mañana será otro día. Cuídense muchachos.

Anuncios

Encuentro casual

Los que lean este post ya dirán, con bien intencionado sarcasmo, “Qué raro, Juan…” Pero no hubo ninguna malicia en mis acciones hoy. Más bien, quedé sumamente conmovido.

Estaba subiendo para clase (arrastrando más bien… qué flojera hacía) y en las escaleras estaba sentada una señorita con cara de quien acaba de raspar un examen. Alta, linda sin estar buena, me miró con unos ojos de conejito asustado. Algo en mí se atrevió a hablarle.

–Buenos días.
–Hola, buenos días—, dice, sin mirarme.

Cualquier otro lo hubiera dejado hasta ahí. Pero mi personalidad es otra.

–No pareciera—, sonreí.
–¿Qué cosa?
–Que fuera un buen día, por tu cara.
–No, al contrario, ¡es uno de mis mejores días!
–Entonces, ¿por qué la carita?
–¡Porque hoy estuve en un choque y estoy todavía como temblorosa!

Activando modalidad papá.

–¿QUEEEEE? ¿Pero estás bien?
–¡Sí, vale estoy perfecta!
–¿Y a tu carro?
–¡Tampoco le pasó nada!

Ok, aquí hay una falta de comunicación.

–Ok, ¿y entonces?
–Pasa que hubo un choque de 25 carros en la carretera de Tazón. (Realmente fueron 27… Pero anyway, me siguió contando.) El primer carro me pasó al lado a toda velocidad. Yo me puse a rascarme el ojo, y por eso me desvié. Parece que el hombre patinó, y pegó contra la defensa, y luego le pegó a una camioneta. Después la camioneta le pegó a un camión, y así fueron. Llegaron a 25. ¿Te imaginas qué horrible?

Yo estaba anonadado. Me presenté. Ella me dio la mano. Evelyn, creo que se llama. Relaciones Industriales. Le seguí preguntando.

–Entonces claro, estás todavía como en shock.
-¡Te lo juro!
–¿Ya te tomaste algo para calmarte?
–No, todavía nada.
–¿Ya llamaste a novio, amigos, para relajarte?
–Sí, acá estoy esperando a una amiga. ¿Pero te imaginas? Si no me hubiera rascado el ojo, ¡estaría yo allí!
–Eso fue Dios que te lanzó una burusita.
Por fin se rió. –Sí, te lo juro. Qué impresión…
–Bueno, linda, menos mal que no te pasó nada. Ahora sabes que vas a terminar la carrera seguro, ¿no?
Volvió a reírse. Un sonido dulce. Me conmovió, casi que la abracé. Pero no creo que lo hubiera interpretado bien, así que me contuve. –¡En serio que sí! ¡Y me voy a casar y todo!

Sonriendo, me despedí y me fui para el salón. Reflexioné mucho, sobre cómo una perfecta desconocida se abrió a un hombre evidentemente mayor que ella. No sé si inspiro esa clase de confianza o si fue que necesitaba hablar con alguien quien fuera, y yo llegué al momento justo. Lo que sí sé es que me alegra que lo safrisco que soy ayudó a alegrarle la mañana a alguien por un momento. Espero explotar ese don para entrevistar.