#GraciasGabo

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“Años después, frente a la pantalla del computador, Juan Carlo Rodríguez recordaría la primera vez que vio las palabras del Gabo hablarle, y lo poco que las comprendió entonces…”

Sabrán perdonar mi pequeña blasfemia. Pero como tantos otros latinoamericanos –en especial, periodistas latinoamericanos—Gabriel García Márquez es, y estoy seguro seguirá siendo, la fuente de la que bebemos a la hora de expresar nuestros pensamientos. Gracias a él, todos vivimos en Macondo, todos sonreímos al ver una mariposa amarilla, todos soñamos un poco más. Ahora que murió, a los 87 años de edad, como leí en Twitter, todos sentimos que perdimos un tío.

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El mundo después

9-11-anniversary-feature En 2001, estaba llegando a dar clases en el instituto de inglés donde eventualmente conocí a la que hoy es mi esposa. Mi madre me llamó al celular, fiel a su labor de ser quien primero me informa de los grandes acontecimientos, y me dijo: “¡Juan Carlo! ¡Un avión chocó contra el World Trade Center!”. Yo le recordé asombrado que no era la primera vez que un avión se estrellaba contra un edificio en Nueva York, pero igual no dejaba de ser impactante.

Llegué a mi trabajo y prendí el televisor para ver las noticias –justo cuando el segundo avión chocaba contra la otra torre. Ahí sí me asusté. Ya esta vaina no era un accidente, o si no asústense, todos los pilotos andan borrachos. Todo ese día, el horror de los neoyorquinos contrastaba fuertemente con el júbilo de gente en el Medio Oriente que celebraban lo que parecía la caída del “Demonio del Norte”. Yo quizá no apoye a los Estados Unidos en todo lo que hace, ni siquiera en la mayoría, pero saben, es mi segunda patria. La tierra que me vio nacer, si no la que me hizo ser quien soy. Verla atacada de esta manera no me afectó tanto como los deslaves de Vargas en 1999 –ni cerca—pero ciertamente no fui indiferente a ello.

Lo siguiente que recordé fue mi viaje a Nueva York en 1995. Fuimos a todos los sitios principales de la ciudad, excepto a las Torres Gemelas. Sólo llegamos a su pie y miramos hacia arriba. Como casi todos los edificios allá, quedé asombrado de su imponencia, su majestuosidad arquitectónica. Nos preguntamos si subiríamos a conocerlas, pero decidimos no hacerlo. “Siempre podremos volver”, dijo alguien, quizá mi papá, quizá yo mismo. ¿Y cómo íbamos a saber?

Desde entonces, veo el mundo alrededor y me pregunto, ¿qué se aprendió de aquel entonces? No sólo para Estados Unidos, que ciertamente ha pasado de ser el incuestionable gigante del mundo a un leviatán herido, lleno de gente peleando entre sí, sino para todos nosotros. Sí, Osama bin Laden ya no está y Al Qaeda está debilitado (pero aún no acabado), pero, ¿cómo nos afecta a nosotros?

El mundo se ha vuelto más desconfiado, menos amistoso y más paranoico. Estados Unidos pasó de ser el rey indiscutible del mundo (aunque lo quiera negar) a ser un leviatán herido que ese mundo odia o le tiene lástima. Algunos estadounidenses culpan a los inmigrantes o los musulmanes de sus males, el hemisferio sur culpa a Estados Unidos y Europa de sus males, ya sea por capitalismo, terrorismo, invasión o indiferencia.

Mientras tanto, mi país tiene sus propios problemas.

La verdad es que los terroristas, si bien no lograron derrumbar al país como tal con sus cobardes tácticas, ciertamente han contribuido a que el mundo viva en miedo. Pero las hordas de malandros en Caracas son tan rivales de los terroristas de Al Qaeda en cuanto a gente que han matado en diez años. Si acaso un ataque terrorista se puede prevenir; ¿cómo se previene la inseguridad en las calles de mi ciudad? Sí, con más y mejores policías, pero eso aún no ha pasado. Nosotros también vivimos con miedo, nosotros también vivimos con violencia, nosotros también desconfiamos de los vecinos.

Pero ese día, como dijo recientemente el canciller de República Dominicana (35 dominicanos perdieron la vida el 11-S), ese día se vio tanto lo peor como lo mejor de la humanidad. Sí, se vio gente que mató a miles de seres humanos supuestamente en nombre de Dios. Pero se vio a otros hacer el trabajo de Dios: tratar de salvar a los enterrados, consolar a las familias de las víctimas, tranquilizar a un extraño que lloraba. Aquí todos los días, subiendo para acá, también veo lo peor y lo mejor de la humanidad, viendo gente tirada en la calle víctima de sus propios abusos o de la inseguridad, pero también veo a gente que simplemente se para a recogerle una bolsa a una señora o le abre una puerta.

El mundo está mal. Muy mal. Mi país está mal. Muy mal. Pero mientras haya gente que queremos hacerlo mejor, que trabajamos por hacerlo mejor, hay esperanzas. En serio, mi gente. Dejemos de ser egoístas, trabajemos porque mejoren las cosas. Tratemos mejor a los vecinos, no caigamos en sus provocaciones de violencia. Ojalá que nuestros hijos se consigan con la verdadera patria grande.

Este fue uno de los mejores homenajes que vi hoy del 11-S: la tira cómica Big Nate. traducción del diálogo al final.

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-Aaaaay, mira qué lindo. ¿Construyendo un castillito de arena, niñitos?
-Algo así.
-¡Ten cuidado, pelón! ¡A lo mejor te lo tumbo!
-No. No lo harás.
-¿Ah sí? ¡Bueno, vendré más tarde y veremos!
-‘Ta bien.
-No lo tumbarás.

Y así es como fue: Walter Kronkite

En mi carrera como periodista, hubo dos figuras mundiales que unoWalterCronkite1-799355 siempre trataba de admirar, tratando de modelar la carrera tras ellos. Uno era Rysard Kapucinsky, un reconocido reportero y escritor que prácticamente escribió el libro sobre periodismo integral y era un ejemplo a seguir en cuanto a su ética de trabajo, amén de haber educado a miles de jóvenes periodistas por la Fundación Nuevo Periodismo, creada por Gabriel García Márquez. Cuando el tío Kapu, como era cariñosamente llamado, murió en 2007, creo que sólo había un periodista con la misma clase de integridad, respeto y nobleza que él, aunque sin el reconocimiento mundial. Ayer, día de mi cumpleaños, a las 7:48 pm, hora de Nueva York, ese otro periodista murió a los 92 años: Walter Cronkite.

Quizá los venezolanos no lo conozcamos tan bien, pero Cronkite fue muchas veces llamado “el hombre más confiable de Estados Unidos”. Tal era su imagen de integridad periodística que fue el responsable del término “ancla” para describir al narrador de noticias principal en u noticiero de televisión (imaginen la versión menos politizada de Leopoldo Castillo en Venezuela), una posición que sostuvo frente al noticiero de la CBS durante 19 años. En esas casi dos décadas, Cronkite fue testigo –y muchas veces anunciante—de algunos de los más duros momentos en la historia: los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King, el arribo del hombre a la Luna, la guerra de Vietnam. Tal era su influencia y su credibilidad que, al transmitir escenas del combate diario en Vietnam durante el noticiero, y frente al creciente rechazo por parte de la población, el presidente Lyndon Johnson dijo: “Si he perdido a Walter Cronkite, he perdido a la clase media norteamericana”.

Ahora que Cronkite se ha despedido para siempre, creo que es un buen momento para que nosotros los comunicadores preguntarnos cuánto realmente se ha perdido la ética en nuestra profesión, o cuánto la situación nos ha obligado a ser más abrasivos ante las situaciones políticas del país. Cronkite , a pesar de su posición en contra de la guerra de Vietnam y contra las drogas, jamás perdió el respeto que le tenían incluso los políticos que él criticaba. Cierto, no somos nosotros los únicos que tenemos que poner de nuestra parte, pero, ¿cuándo realmente empezaremos a tratar de contribuir a voltear la tortilla de la intolerancia que hay en el país?

And that’s the way it is.

Les dejo algunos momentos de la carrera de este extraordinario hombre. Que en paz descanse.

Es en serio: Michael Jackson se fue

michael-jackson Esto es lo que se llama “el poder de tres”. Ayer se anunciaba el deceso a los 86 años de Ed MacMahon, compañero del famoso comediante y anfitrión del programa de variedades Late Night, Johnny Carson. Hoy, el día arranca con la noticia de que Farrah Fawcett, la legendaria belleza de Los Ángeles de Charlie, perdió su lucha contra el cáncer a los 63 años.

Y el día cierra con el mayor impacto del año: Michael Jackson, el otrora “rey del pop”, el más exitoso solista desde Elvis Presley, había muerto de un paro cardíaco en su casa de Los Ángeles. Lo encontraron sin respirar en su casa, y los paramédicos trataron de resucitarlo por una hora. Nada; una de las vidas más extrañas e irreales de la historia había terminado, a dos meses de cumplir los 51 años.

Yo había dejado de escuchar su música con cualquier frecuencia en al menos 14 años, pero no miento al decir que mi vida nunca será la misma ahora que Michael Jackson se ha ido.

Cuando era joven, el fenómeno que este pana, que empezó su vida bien negrito de verdad, pelo malo y narizón y todo aunque no lo crean, apenas empezaba a despegar. Recién estaba teniendo éxito con sus hermanos Marlon, Jermaine, Tito y Jackie, tanto que hasta tuvieron su propia comiquita, algo que sólo los Beatles habían logrado para ese entonces.

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(¿Sabían también que el hombre estuvo en una película? Pasa que no lo reconocerían hasta que abre la boca y empeiza a bailar: era en la versión musical de 1978 de El Mago de Oz llamada The Wiz, con Diana Ross. Michael era el espantapájaros. “Ease On Down The Road” era el tema principal.)

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El tipo se estaba convirtiendo en un fenómeno poquito a poquito. Y de repente: Thriller, el disco. Nadie, y de verdad digo NADIE, puede comprender el impacto de este disco ahorita, y no ayuda que la edición de 25 años no fue el éxito que esperaban. Todo empezó con el doble golpe que fueron “Billie Jean” y “Beat It”, dos canciones cada una con su propia historia: la segunda por su legendario solo de guitara de Eddie Van Halen, y la primera porque durante una reunión de los Jackson 5, Michael presentó su famoso “Moonwalk”.

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Luego vino el famoso (es que todo de este coño era famoso) guante de lentejuelas, el comercial de Pepsi-Cola de 1984 donde casi pierde el pelo, colaboraciones con Paul MacCartney (“The Girl Is Mine”) y, claro, el tema “Thriller”, que terminó siendo el videoclip más costoso de la historia.

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Thriller dio dos sencillos más (“PYT (Pretty Young Thing)” y “Wanna Be Starting Something”) y le resultó al flaquito la bicoca de ocho Grammy en 1984 (sí, estuvo casi dos años cosechando éxitos).

Cierto, después vinieron cuatro discos más (Bad, Dangerous, HIStory y Invincible) que por supuesto, por más éxito que tuvieron todos excepto el último, nunca superaron a Thriller. Vino el cortometraje Captain EO para Epcot Center, y la película Moonwalker. Vinieron miles de cirugías que lo transformaron en una especie de ser andrógino. Vinieron sus extrañas excentricidades, como su amigo Bubbles el chimpancé, todo el rancho Neverland y la cámara hiperbárica. El matrimonio y el, ejem, sincero beso con Lisa Marie Presley. Y claro, vinieron todos sus rollos legales.

Pero es el Michael Jackson que hizo que me aprendiera toda la coreografía de “Thriller” que hizo incluso ridiculizarme hasta un punto penoso, el que hizo que me aprendiera “Bad” y “Smooth Criminal”, el que cada vez que aparecía innovaba de alguna manera o demostraba que aún tenía algo que ofrecer (digan lo que quieran, pero en su último video, “You Rock My World”, el hombre juntó a Chris Tucker, Michael Madsen y Marlon “El padrino” Brando en un videoclip). El que le dio su primer trabajo como actor a Wesley Snipes (en el video de “Bad”). El que, más allá de sus miles de rollos mentales, fue un artista consumado, que sabía cómo crear un sencillo mágico, que supo usar videos, que era un bailarín excepcional… que durante muchos años nos acompañó con buena música.

Su vida fue recortada trágicamente, y ahora sólo puedo aspirar a que finalmente encuentre la paz que seguramente lo eludió durante todos estos años. Descansa en paz, Jacko.