Hacia adelante

Image: Photoangel

Hablemos un segundo (zas) del tiempo. Tratemos de imaginar lo realmente insignificante que somos en términos cosmológicos. Si reducimos toda la historia del Universo en un año, como se ha hecho varias veces, el Homo sapiens habría aparecido a las 11:30 de la noche del 31 de diciembre. Y esos son casi dos millones de años de historia. Reducidos a 1.800 segundos. Te pone a pensar, ¿no?

El tiempo es algo que parece lo más constante que hay pero en realidad cambia en cuanto cambia la perspectiva de quien lo ve. Un segundo es una eternidad para el que llegó de segundo en los cien metros planos, una hora no es nada para el que está por despedir a un ser querido. En un minuto puede cambiar todo para la que espera el resultado de una prueba de embarazo. En un día puede que a un empleado promedio no le pase… nada.

A la vez, el tiempo puede ser eterno y efímero. Hay días que parecen durar unos minutos, otros se extienden más allá de sus 24 horas. Y créanme que les digo, pocas cosas te cambian tanto como el momento en el que te decides a ser uno de esos venezolanos que no pudo, no quiso o no aceptó quedarse en un país que lo es cada vez menos.

Un año cumplí el 18 de noviembre pasado desde que el avión salió de Maiquetía con escala en Miami para aterrizar en Orlando. De todas las ciudades de Estados Unidos en las que me veía viviendo, quizá una de las que no entraba ni el Top 20 de sitios a donde terminaría viviendo. Miami, quizá. Nueva York, había la posibilidad. ¿Pero Orlando? ¿Al lado de Mickey? (Aunque en realidad al lado de Universal.) ¿Cuál era el masoquismo?

Lo admito ahora: las dos semanas anteriores a mi partida fueron una larga odisea en el desierto de la depresión. Pensaba en cuanta gente estaría dejando atrás, cuántas experiencias me faltaban por vivir, cuántas quizá nunca más volvería a hacer. Pensaba en especial en mi familia, cuándo amanecería de nuevo compartiendo con ellos, pasando las tardes en casa de mis padres, reunidos en casa de alguno de los tíos que aún nos qudan. En mi madrina, tan sola arriba en su casa, ya sin mí en el cuarto de al lado. Pienso en mi perrito Baloo, viviendo ahora con su hermana en casa de la mejor de las amigas, sin saber si alguna vez lo volveré a ver. Pienso en el Trasnocho Cultural, en la pastelería Franca, en los viajes a La Guaira. En las subidas al Ávila, en las visitas a Los Galpones, en Los Palos Grandes. En carreteras hacia Valencia, Barquisimeto, Maracay. En otras visitas a Maracaibo, Porlamar, Puerto Ordaz. En tantas cosas que quizá aún estando allá no podría hacer, por falta de dinero, falta de seguridad, o falta de amistades, pues tantas se han ido.

Pero luego pienso en todo lo que he logrado en estos doce meses, y veo que vale la pena todo lo que pasé. Por primera vez en mi vida, tengo un carro y una casa que puedo llamar propios, compartidos con alguien que me ha dejado crecer como persona y como hombre. He aprendido el reto de ser padrastro, con todas sus altas y bajas. He aprendido a llevar un presupuesto de hogar, saber estar pendiente de pagar luz, Internet, alquiler. (Aún me asombra que no se paga teléfono en la casa sino los celulares.) Aprendí a ser mesonero, y aprendí que lo disfruto, aunque la trampa del efectivo es una que quiero evitar; no deseo quedarme en ese empleo el resto e mi vida. He aprendido tanto y a la vez sé que me falta tantísimo.

En este último día de 2018, pienso, con todo, en lo realmente afortunado que soy. Puedo estar tranquilo en un país casi tan mío como la Venezuela que dejé atrás, que no existe ni volverá a existir, porque tiene que venir algo hasta mejor que esos recuerdos. Pienso que tengo la suerte que mis padres, mi hermano y su esposa, y tantos otros familiares que quedan allá, siguen vivos y con salud, y que tengo la facilidad de comunicarme con ellos en cualquier momento del día, sin necesidad de esperar meses por una carta, como antaño. Pienso que recibo el amor de una buena mujer, de las mejores que ustedes puedan encontrar, y de una niña con un corazón de oro que me mira a mí como su protector y guardián, como su héroe. Pienso que aún tengo mi propia salud, que puedo salir y comprar lo que desee si tengo los medios, y puedo ayudar a mi familia con lo que pueda.

Pienso en todo esto, y 2019, el Año Chino del Cerdo, mi año según ese zodíaco, si creen en esas cosas, va a ser un año en el que sólo tengo una resolución: seguir creciendo, seguir alcanzando metas, seguir logrando cosas. Espero que me dé la oportunidad de recibir abrazos nuevos, sonrisas nuevas, proyectos nuevos. Espero siempre tener la oportunidad de agradecerles a ustedes que me siguen leyendo, y espero me ayuden a conseguir nuevos lectores. Espero que las lágrimas lleven a risas, y las risas a triunfos.

Espero, sobre todo, que tengan todos ustedes un muy Feliz Año Nuevo.

Anuncios

La solidaridad y otras debacles

Teamwork Join Hands Support Together Concept. Sports People Joining Hands.

Quítale al ser humano lo más básico, y observa cuánto tarda en revertir a un estado tan parecido al animal, que uno de verdad se pregunta qué tan lejos estamos del simio, o quizá alguna otra especie menos parecida a nosotros. Porque luego de varios años viendo documentales de animales en televisión, les puedo decir que aún en ciertas especies que podríamos considerar inferiores existen cosas como compasión y solidaridad.

Esta mañana veía un episodio de la serie documental Blue Planet II, de la BBC, narrado por el naturalista David Attenborough, el primer episodio de los cuales cierra con una grave advertencia del estado en que está el Ártico. Se ha perdido 40% del hielo en el Polo Norte en los últimos años, y eso significa un alza en los niveles del mar. Para los animales que dependen del hielo para sobrevivir, eso también es un reto.

El equipo de Attenborough se enfoca esta vez en un grupo de morsas cerca de las costas de Canadá. Las hembras necesitan espacios para que sus jóvenes crías puedan descansar luego de mucho nadar, y una playa de tierra firme no es el mejor sitio; aunque las morsas son sociables, son hurañas como viejos cascarrabias, y están constantemente empujándose y golpeándose con los colmillos. Considerando además que cada adulto pesa más de una tonelada, y las crías escasos ochenta kilos, no es el mejor sitio para una guardería.

De modo que las morsas deben salir al hielo para que las crías descansen, ya que no tienen la fuerza para mantenerse a flote mucho tiempo, amén del peligro que representan los tiburones y las orcas. De hecho, hay una escena particularmente tierna de una hembra que sostiene con sus aletas delanteras a su cría como una madre humana sosteniendo a su bebé para que no se hundiera. El problema es que hay cada vez menos trozos de hielo que puedan sostener a la madre y al cachorro, y los que hay están fuertemente ocupados por hembras que tuvieron la idea primero.

En su desespero, una hembra se monta a empujones sobre un bloque de hielo en particular, lo que causa una conmoción entre las que ya estaban ocupando el sitio, a tal extremo que el hielo se desbarata y todo el mundo vuelve al mar. Como narra Attenborough, aquí todo el mundo perdió; es hora de volver todo el mundo a nadar para tratar de encontrar refugio, o las crías se cansarán hasta ahogarse.

Los paralelismos que vi esta semana en Venezuela fueron muy chocantes.

A menos que haya estado usted alejado de Twitter este mes, o no lo tenga, o no conozca a nadie que esté en Twitter, estoy seguro que vieron este tuit.


https://platform.twitter.com/widgets.js

Para quien me lee de afuera y aún no sepa la situación, en Venezuela hay una enorme escasez de alimentos. El Gobierno dejó de publicar las cifras oficiales de escasez cuando esta alcanzó 28%, a mediados de 2017. Súmese a eso una inflación que ya se estima llegará a –¿listos para esto?– cuatro millones por ciento para el cierre del año. 4.300.000%, para ser exactos. Entonces, además que hay poco para comprar, el dinero que se tiene –ahora llamado “bolívar soberano”— básicamente no sirve para nada.

Añado que la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) es la mayor universidad privada de Venezuela, y un semestre allí de Comunicación Social, por ejemplo, es bastante costoso. Lo sé de primera mano porque es mi alma mater, donde me gradué de periodista en 2008 con mucho esfuerzo y orgullo. Que el sueldo que se les pague a los profesores no alcance ni siquiera en una universidad privada no debería sorprender a nadie; en una reunión de las federaciones nacionales de profesores universitarios llevada a cabo en junio, pidieron que su sueldo se ajuste a por lo menos “tres o cuatro veces lo que gana un militar”.

El gesto de los alumnos con su profesor me conmovió hasta los tuétanos, al igual que mucha gente que compartió el tuit. A otros… bueno, no tanto.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Gisela Kozak es una escritora conocida en el país. Es articulista, ensayista y narradora; uno de sus cuentos, “Casa de Ciudad”, está en la antología De Qué Va El Cuento, el libro que leí en el avión camino a mi nueva vida. La conocí y conversé brevemente con ella cuando hice mi diplomado de escritura creativa en 2014. Fue también profesora en la mayor universidad de Venezuela, la Universidad Central de Venezuela (UCV, pública) durante 25 años. Es de esas personas que tiene cero filtro a la hora de expresarse, como bien lo demostró aquí.

Como era de imaginarse y como pueden ver por las estadísticas del tuit, miles de personas rechazaron su posición; no ayudó que otro profesor y escritor, Erick del Búfalo, quien se ha hecho famoso en Twitter por ser de los voceros de la oposición más radical del Gobierno, la apoyó con este tuit.

https://platform.twitter.com/widgets.js

(La CLAP, para los de afuera, es una caja con productos básicos distribuidas por el Gobierno, fuertemente criticado por su paralelismo con la libreta de racionamiento cubana.)

Entre comparar el gesto con una limosna y una caja CLAP, la virulencia se salió de control. Hasta salieron ex alumnos de Kozak, afirmando que nadie haría por ella lo que los alumnos de la UCAB hicieron por su profesor, considerando el que aparentemente era su estilo de enseñar.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Fue tal la furia desatada que a los dos días Kozak decidió que se alejaría de Twitter por tiempo indefinido.

Por supuesto que aquí hay muchísima tela que cortar, pero antes les comparto parte un artículo que escribí en Medium hace algún tiempo, donde destaqué algo que sigo creyendo con firmeza: la dicotomía que significa ser venezolano en esta situación tan polarizada de sectas, beatas, escuálidos y tierrúos:

Tal vez la mejor manera de describir a los que llevamos esa nacionalidad, orgullosos o no, es hacerlo por contrastes. Nosotros somos nobles y dicharacheros, pero también vivos y amargados. Creemos en el trabajo fuerte, somos emprendedores, pero nos encanta un día libre y un atajo. Somos solidarios pero individualistas. Somos simpáticos pero arrogantes; amorosos pero desconfiados. No creemos en nadie, pero insistimos en que crean en nosotros. ¿Qué rayos somos?

En esta situación, pensemos en una pura y dura verdad: Nadie jamás esperó que el mundo llevara a los venezolanos por donde nos ha llevado. Nadie nunca supo que las historias que escuchábamos de gente que huía desesperada de Cuba en balsas improvisadas algún día hablaría de nosotros mismos. Nadie nunca pensó que la caravana de gente huyendo de la violencia de los países centroamericanos que tanto acojona a Donald Trump podría tener un precedente de miles de venezolanos caminando hacia Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Argentina. Y menos íbamos a pensar que, luego de ver miles de reportajes sobre refugiados de Medio Oriente, en especial de Siria, la situación de venezolanos llegaría a tal nivel que hasta ACNUR designó a la actriz Angelina Jolie como enviada especial para constatar su situación.

Entonces hay demasiadas situaciones ante las que reaccionamos mal, pues hay palabras que son absolutos desencadenantes. “Limosna” sigue siendo algo que nadie quiere recibir, pues nadie quiere estar en una posición que no pueda sustentarse por sí mismo. Y que el Gobierno nos haya llevado a esa situación nos debe dar una profunda rab– no, ARRECHERA. En ese aspecto estoy muy de acuerdo con Kozak, y sí pienso que debe ser muy duro para ese profesor haber aceptado esa ayuda de sus alumnos.

Con lo que no estoy de acuerdo para nada es que se haya rechazado lo que sí parece haber sido un acto desinteresado por parte de sus alumnos en ayudar a un profesor que sin duda les ha inculcado valores, que se ha merecido ese gesto para con ellos (donde además se ha respetado por completo su privacidad y por lo tanto su dignidad). A tal punto que le rebato a una muy querida amiga su crítica al hecho: que han puesto al profesor en un dilema ético. ¿Cómo va a poder evaluar a sus alumnos de manera objetiva luego de haberles dado semejante ayuda? E igualmente, ¿por qué publicarlo en Twitter? ¿Por qué “vanagloriarse”?

Si esta fuera la posición generalizada, lamento profundamente la situación futura del país (más de lo que ya lo hago). Entonces todo alumno que le dejaba la proverbial manzana a la maestra siempre pasó, supongo. Yo di clases de inglés durante cinco años, y tengo alumnos que hasta cervezas me brindaron, e igualito rasparon. Porque siempre les dije claramente que una cosa era cuando saliéramos del salón y otra dentro de él, que yo recompensaría sus esfuerzos, no la jalada de bolas que me echaran. No puedo esperar menos de un profesor universitario, con la responsabilidad de formar una nueva generación de profesionales.

¿Y por qué subirlo en redes? ¿Por qué no? Si hay algo que hace falta en estos momentos, además de organizarse para terminar de salir de la catástrofe que nos ha llevado veinte años de chavismo, es demostrar que los buenos siguen siendo más. Que hay gente que aún se sigue preocupando por el bienestar del prójimo, que no se ha perdido del todo el sentimiento de apoyar al que le falta más. Quiero suponer que Amapola no quería vanagloriarse del hecho ni mucho menos; sólo buscaba demostrar que se puede hacer el bien aún en las más duras condiciones.

Muchos lamentan que Venezuela tardará años en salir de la situación que se encuentra, aún cuando la economía mejore, ya que el chavismo ha dejado resentimientos y malos comportamientos que quién sabe cuántas generaciones tardarán en purgar. Es por eso que no podemos dejar que acciones como la de los estudiantes de la UCAB sean desmerecidas, sino más bien aplaudidas. ¿Que Kozak tenía razón de criticar la situación? Sin duda. ¿Que no se le debió hacer escrache digital como se le hizo? Tampoco, aunque confieso que a mí personalmente me dio una furia increíble. Pero no debió quitarse el mérito a algo tan necesario como la solidaridad a otro venezolano.


De números y la Odisea venezolana

jc.jpg
Ilustración por Yadira Camacho Gomes. 🙂

Salgo a caminar unas horas antes de sentarme a escribir esta entrada. Leo constantemente sobre los beneficios de poner un pie delante del otro para activar los jugos creativos. Me hace falta. Es demasiado tiempo encerrado, demasiado tiempo sentado y ciertamente demasiado tiempo pegado a una pantalla. (Sí, entiendo que sigo estándolo. Pero ustedes entienden.)

Por un tiempo siento que lo logro, que me abstraigo lo suficiente para oír los cantos de las aves. Siento a los árboles aplaudiéndome con sus ramas, hablándome con las hojas. Me siento brevemente en paz. Y empiezo a regresar.

Y oigo las conversaciones en el kiosco. Sólo hay dos personas y Jairo el kiosquero, pero es suficiente. Cual Hurley en Lost, los números vuelven a mi cabeza. Dominaron mis pensamientos toda la semana. 30, de julio, la fecha que tanto temíamos que llegara. 8MM, los votos que mágicamente reaparecieron. 16, el que más pesa, los asesinados ese día. Y el día que millones más dijeron “No”. Y 1958, el año en que el último tarado al que se le ocurrió cometer semejante fraude contra el electorado decidió montarse en su avión y dejar a los venezolanos gobernarse en paz. Pero también 120, los días de protesta. 107, los muertos oficiales. Los asesinados, perdón. Asesinados sólo por querer un país distinto. Uno donde valga soñar. Y 20. El promedio de edad de los asesinados. A mis 20 “El Comandante” estaba a un año de hacer su aparición triunfal. Ninguno de esos chamos llegará a ver la salida de su sucesor.

30. 8MM. 16. 1958. En la locura venezolana, pienso en jugarlos en la lotería. Me acuerdo cómo le funcionó eso a Hurley. Descartado. Regreso a casa. Y escribo. No le escribo a nadie en particular. Sólo para mí. Igual agradezco cuando me leen. Así esté consciente de que muchos de ustedes me van a odiar. Y lo entiendo. Total, ya creo que los hice arrechar una vez. Qué es una raya para un tigre.

-oOo-

Seguir leyendo “De números y la Odisea venezolana”

No necesitamos pedir permiso para la cordura. Mucho menos para la felicidad

39035407 - forest trees. nature green wood, sunlight backgrounds.

Una de mis mejores amigas se casa. No vive en el país, parte de la diáspora (ya cuando hablamos de dos millones en los últimos 17 años, ¿cómo más la llamamos?) que se cansó de buscar una mejor vida aquí, y la encontró afuera, incluyendo el verdadero amor. Hace más o menos una semana me pasó fotos de su compromiso. Saben, esas que se toman antes del feliz acontecimiento payaseando por la ciudad. Hermosas, posadas pero en realidad no. Se ve feliz. Inmensa y auténticamente feliz. Y yo estoy contagiado por mi amor por ella. No le pude responder al momento por el trabajo, pero hago una nota mental de responderle al primer minuto libre que tenga.

Ella se me adelanta esa tarde, pero no de la manera que esperaba. Me escribe pidiéndome disculpas. No quiso parecer insensible, me dice. Yo lo leo de nuevo, inseguro –o incrédulo– que de verdad estoy leyendo semejantes palabras. Pero al final la entiendo. No sé si alguien le reclamó o si ella sola llegó a la conclusión que estaba siendo insensible. Pero así está la situación.

Seguir leyendo “No necesitamos pedir permiso para la cordura. Mucho menos para la felicidad”

Permítanme hacerlos arrechar

protestas
Protestas en Caracas. Foto de mi pana Cristian Hernández para Europapress. Síganlo en Twitter e Instagram como @FortuneCris.

Hoy estuve en la marcha. No llegué a estar entre la represión, gracias a Dios, aunque a veces siento algo parecido a “remordimiento de sobreviviente”. Sí, tomé fotos. No, no las quiero compartir. No sufrí daño alguno como gente muy cercana a mí, incluyendo a mi hermano. (Está bien, a Dios gracias.) No tragué gases. No recibí metrazos. Mañana hablaré con mi familia, a diferencia de Juan Pablo. A diferencia de otros 27 venezolanos más que han muerto desde que empezó este nuevo ciclo de protestas. La última vez fueron 43. ¿Habrá un resultado distinto?

Ya vamos pa’llá.

Primero, un recuento, para los que llegan de afuera. El pasado 29 de marzo, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia publica dos sentencias, la 155 y la 156, en donde básicamente asumen las funciones legislativas de la Asamblea Nacional “mientras se mantenga en desacato”. En pocas palabras, siete tipos, uno de los cuales tiene una dudosa reputación (y estoy siendo terriblemente sarcástico) y que fueron colocados a dedo por la Asamblea anterior al filo de la medianoche, decidieron cargarse las voluntades de los cinco millones que eligieron a los actuales diputados. Todo el mundo puso el grito en el cielo –incluso la hasta ahora rubia más odiada de Venezuela.

Tratando de enmendar el capó, el Gobierno lo que hizo fue –y me disculpan la palabra– cagarla más. El presidente Maduro decidió instalar el Consejo de Defensa de la Nación para resolver el –sí, en serio– “impasse” entre el TSJ y la Fiscalía. A raíz de eso, el TSJ decidió suprimir las sentencias 155 y 156. Y ya, todos tranquilos, ¿verdad?

La oposición no se la cala.

Seguir leyendo “Permítanme hacerlos arrechar”

Oda a El Cafetal

Hace una semana, caminé con una querida amiga desde Caurimare hasta Santa Paula. No por elección; no nos quedaba de otra. Salí deprimido.

Para los extranjeros: El Cafetal es una parroquia de clase media alta al sureste de Caracas, parte del municipio Baruta del estado Miranda. Se compone de varias urbanizaciones: Santa Paula, Santa Sofía, San Luis, Santa Ana, Santa Paula, Chuao, etc. Hay dos clínicas privadas ubicadas allí (Santa Sofía y Metropolitana) y un centro comercial importante (Plaza las Américas), además de otro (Santa Paula) donde abrió uno de los primeros Locatel, una cadena de “automercado de salud”. Hay un kiosco ubicado en una de las dos bombas de gasolina ubicadas en él que es famoso porque está abierto 24 horas. Un gran templo mormón está ubicado a su entrada. El boulevard que compone su avenida principal está casi siempre verde, con abundantes árboles donde incluso se han visto perezas. A pesar del aumento de la criminalidad –secuestros, principalmente—se le conoce como una zona tranquila, pues no está particularmente cerca de zonas peligrosas.

Desde que empezaron las protestas el pasado 12 de febrero, pero en particular desde mediados de marzo, los 52.000 habitantes de la parroquia están, quieran o no, encerrados. En el último mes, la expresión “doña del Cafetal”, usada para referirse a mujeres mayores (o no tanto) para lo cual nada que este Gobierno haga está remotamente bien, mucho menos sus seguidores, ha sido más justificada que nunca.

Caminar desde Caurimare a Santa Paula son aproximadamente dos kilómetros. Parte de ello en subida. En ese espacio, hay al menos 25 barricadas hechas por los vecinos tanto en protesta contra el Gobierno como protección contra bandas armadas como, en palabras de uno de los muchachos que cuidaban las barricadas, para sacar a los demás “de su indiferencia”.

No puedo creer que haya mucha indiferencia después de lo que vi.

Seguir leyendo “Oda a El Cafetal”

Un paréntesis: Más libros, menos balas

29463621124_5b4bdb76e5_c
Reader. Por Matthew Syriac Elias

Un mes. Un largo mes de tribulaciones ha pasado el país mientras escribo estas líneas que ustedes, amables lectores, están empezando a leer. Hay 22 seres que no volverán a ver un amanecer, 300 que vieron comprometida su integridad física en diversos grados de gravedad, mientras varios millones se preguntan cuándo regresará algún atisbo de normalidad y otros millones esperan una verdadera normalidad.

Uno de esos personajes que uno agradece al Twitter haber encontrado, John Manuel Silva, mencionó una vez una situación harto familiar: que la gente le reclamaba cómo podía estar pendiente de salir, del cine, de un libro, de cualquier cosa, “mientras el país se caía a pedazos”. “Al contrario”, escribió (estoy parafraseando, pues no encuentro el escrito como tal), “creo que este es el momento de leer más, de encontrarnos más, de querernos más”. Muy de acuerdo. Lo mismo “sufrí” yo hace dos domingos con la entrega del Oscar. Escribió una muy querida persona en Twitter. “Es el colmo que haya gente pendiente del Oscar mientras bombardean Altamira”.

Seguir leyendo “Un paréntesis: Más libros, menos balas”

“Yo te daré paz. MI paz”

grooveshark

Hoy me di cuenta de dos cosas fundamentales. La primera fue que no puedo escapar de la realidad del país ni que lo intente. Hoy decidí olvidarme de las tres semanas from hell que todos hemos vivido de una manera u otra, y me lancé al Trasnocho Cultural. Entré con una amiga a ver la impresionante 12 Años de Esclavitud, para pagar mi deuda con Oscar y ver su gran consentida. Steve McQueen y su compañía hicieron excelente trabajo, por decir lo menos.

Como a una hora de la película, tal vez menos, una pareja se para y empieza a irse. En la puerta, una señora se voltea y dice a todo pulmón, “¡Así estamos nosotros! ¡Así estamos!”, y se fue.

Seguir leyendo ““Yo te daré paz. MI paz””

Los últimos 15 días

Un manifestante devuelve una bomba lacrimógena a la Guardia Nacional durante una protesta en Caracas. / AFP PHOTO / Juan Barreto
AFP/Juan Barreto

Mientras escribo esto, las protestas en Caracas están cumpliendo 15 días sin parar, aunque en opinión de muchas agencias de noticias, están bajando en intensidad, sin duda en parte por las festividades de Carnaval, que se ganaron dos días adicionales cortesía del presidente Nicolás Maduro, quien decidió decretar el 27 de febrero no laborable por los 25 años del “Caracazo”, y luego el 28 porque… puede, pues.

Claro, eso no es nada si lo comparamos con San Cristóbal. Las historias que salen de ahí hablan básicamente de una ciudad en guerra, que empezaron con protestas el pasado 4 de febrero, cuando una joven estudiante de la Universidad de los Andes sufrió un intento de violación y robo cerca del campus. Los estudiantes salieron a protestar, exigiendo al gobernador, José Gregorio Vielma Mora, mayor protección, y su respuesta fue mandarle la Guardia Nacional a dispersarlos. Desde entonces no han parado; los hechos del 12 de febrero sólo le dieron a los “gochos” nuevas razones para protestar; muchos negocios tienen 10 días sin abrir, y el transporte público cesó, por las barricadas (“guarimbas”, en lnguaje oficialista”), marchas y choques con la GNB. Ya es tal que el Gobierno debió enviar el batallón de paracaidistas. Vielma Mora brevemente se quejó de los excesos, hasta dijo que debía liberarse a Leopoldo López, y a la noche estaba gritando el guión de golpe de estado. Eso no detiene a la fuerza gocha, que ya incluso empezó a agarrarla con los símbolos más sagrados del chavismo. No andan jugando carrito, como quien dice.

Las protestas en Caracas han sido multitudinarias, sin duda, como In Focus demuestra esta semana. Una concentración cuando Leopoldo se entregó a las autoridades (mis cojones que negoció con el Gobierno, y ellos lo saben) debe haber excedido las 200.000 personas. Mínimo 100.000. Una multitudinaria concentración el sábado 21, a la que asistí, ocupó más de cinco kilómetros, desde Petare hasta Parque del Este. La gente se ha movilizado, sin duda. Aquí también han salido las barricadas, como siempre han salido desde 2004, en lo mismos sitios.

En. Los mismos. Sitios.

Seguir leyendo “Los últimos 15 días”